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LA EXPERIENCIA DEL DESIERTO (3 de 5)
Abrazar la voluntad divina
Gaspar Brahm y José María Álvarez de Toledo
El demonio no se da por vencido. Jesucristo le permite tentarlo con aún más fuerza, para que experimentemos de forma más gráfica su identificación con la voluntad de su Padre y su profunda cercanía con el hombre pecador. El tentador lleva a Jesús a lo más alto del templo. El viento golpearía su rostro desnudo y fatigado; sus pies apenas sostendrían el peso de su cuerpo tambaleante por el cansancio. Sus ojos, que en unos meses llorarían amargamente por los habitantes de la Ciudad Santa, traspasarían con su amor cada uno de los tejados y recorrerían cada una de sus callejuelas. ¿No sería ese un buen momento para revelar con toda nitidez su verdadera identidad? La estridente voz del demonio quiebra de pronto el denso silencio de la altura. «Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: “Dará órdenes a sus ángeles sobre ti, para que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra”» (Mt 4,5).
Ante una torcida insinuación de la serpiente, Adán y Eva sospecharon de Dios. ¿Por qué no quiere que comamos de este árbol? Durante los cuarenta años en el desierto, también los israelitas desconfiaron de la libertad que el Señor les había ofrecido.
¿No era mejor nuestro pasado como esclavos a esta libertad llena de sufrimientos? En cada tentación se atisba la posibilidad de la ausencia de Dios, de su impotencia o de su lejanía. Quizá se recuerda como una compañía del pasado, que un tiempo estuvo cerca pero que ya no es real. En ocasiones es fácil reconocer al Señor cuando las cosas van bien, disfrutando las maravillas del Edén o contemplando los prodigios que realizó para liberar a Israel de la esclavitud. Pero cuando surgen los conflictos parece como si esos signos se desvanecieran: deseamos entonces una manifestación extraordinaria, más clara, de la cercanía de Dios. Podemos pensar entonces que, si no nos salva inmediatamente, en realidad no es tan buen Padre como imaginábamos.
Jesús volvería a experimentar una tentación similar poco antes de morir, cuando uno de los ladrones le dijo: «¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (Lc 23,39). Se trata de un razonamiento que sigue una lógica aplastante: si realmente lo puedes todo, libérate de esta situación y sálvanos. En cambio, la actitud del otro ladrón es diferente: «Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho» (Lc 23,40). No se rebela ante el destino que le espera, sino que acepta su condición. Por eso, no suplica al Señor que cambie la realidad ni que solucione ahora mismo todos sus problemas, sino que reconoce su realeza y le pide que no se olvide de él: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42). Su oración no fue una exigencia –demuéstrame que eres el Salvador–, sino un acto de abandono en las manos del Mesías –«¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero!»–.
«Escrito está también: “No tentarás al Señor tu Dios”» (Mt 4,7). Cristo rechazó la segunda tentación en el desierto –y también la que le dirigieron en la cruz– abrazando con aún más fuerza la voluntad de su Padre: acepta que la salvación se haga como él quiere. No quiso ponerle a prueba ni buscar atajos que aliviaran su dolor, pues sabía que él solo buscaba su bien, aunque a veces pudiera ser difícil descubrirlo. «Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas –a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos– no salen a tu gusto… Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan».