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28 julio 2027

UNA AMISTAD QUE NOS TRANSFORMA. Amarle en el prójimo

UNA AMISTAD QUE NOS TRANSFORMA (5 de 5)
Amarle en el prójimo
Nicolás Álvarez de las Asturias

En una ocasión, un escriba preguntó a Jesús: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Recordamos muy bien su respuesta: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento. El segundo es como este: amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,36−38). De esta manera, con pocas palabras, Jesús explicó para siempre la unión del amor a Dios con el amor al prójimo. Y se trata de una enseñanza en la que el Señor quiso seguir insistiendo hasta los últimos instantes antes de subir definitivamente al cielo. Incluso cuando, ya resucitado, se encuentra con Pedro a orillas del mar de Galilea, Jesús responde a las promesas de amor de quien fuera el primer papa con un giro invariable: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,15−17).

El motivo último de la unión de ambos mandamientos y, por tanto, de la necesidad de aprender a amar a Cristo en los demás, lo encontramos en la descripción que Jesús hace del juicio final. Allí pone de manifiesto que la razón se encuentra en su unión profunda con cada hombre: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber» (Mt 25,35). En efecto, como enseña el Concilio Vaticano II, «el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre». Es imposible amarle sin amar también al prójimo, sin aprender a amarle también en el prójimo.

La oración, cuando es auténtica, nos lleva a preocuparnos de los demás; de los que tenemos más cerca y de los que más sufren. Nos lleva a convivir con todos y a dar cabida en nuestro corazón también a los que no piensan como nosotros, procurando siempre su bien, con gestos concretos de afecto y de servicio. En ella encontramos fuerzas para perdonar y luces para amar cada vez mejor y de modo más concreto a todos, saliendo de nuestros egoísmos y comodidades, sin temor a complicarnos santamente la vida. Como nos recuerda el Papa Francisco, «el mejor modo de discernir si nuestro camino de oración es auténtico será mirar en qué medida nuestra vida se va transformando a la luz de la misericordia». Adquirir un corazón compasivo y misericordioso, como el de Jesús, imagen perfecta del corazón del Padre, es el fruto último de nuestra vida de oración.