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COMIENZA LA CUENTA ATRÁS (1 de 4)
Las bodas de Caná
Luis Miguel Bravo Álvarez
Generalmente, el guion de una película se construye con gran precisión. Los acontecimientos no se suceden de forma improvisada, sino que siguen una lógica bien pensada. Todo está dirigido hacia el clímax de la historia, donde el espectador encuentra el significado de lo que ha presenciado hasta entonces o contempla el profundo cambio que experimentan los personajes.
La muerte de Jesús y su resurrección fueron la cumbre de nuestra redención. Este momento fue cuidadosamente preparado durante años. Así lo vemos ya con claridad en el inicio de la vida pública del Señor. En las bodas de Caná, Cristo comenzó la cuenta atrás para su hora, que sería también la hora de su madre.
La bebida que alegra los corazones
El pueblo judío solía festejar las bodas por todo lo alto. Sus celebraciones podían durar alrededor de una semana. Si la familia y los amigos habían venido de lejos para la ocasión, la duración del festín tenía que compensar el cansancio del viaje. San Juan habla de un casamiento que tuvo lugar en Caná de Galilea (cfr. Jn 2,1-12), situada a pocos kilómetros de Nazaret. Entre los invitados se menciona a María, y también a Jesús con sus discípulos.
La boda debió de suceder como muchas otras de la época. El cortejo nupcial hace su entrada en Caná con la esposa coronada de flores y rodeada de sus amigas con lámparas en las manos. El esposo y sus amigos la han traído de casa de sus padres y el banquete acaba de dar comienzo. Como es el día más importante de sus vidas, los nuevos esposos han previsto víveres en abundancia. Pero, de repente, alguien se da cuenta de un problema: el vino empieza a escasear.
No se trata de un elemento cualquiera: es la bebida que alegra los corazones humanos. Lo confirmó el rey David en los salmos (cfr. Sal 104,15) y, sobre todo, lo demostró Jesucristo eligiéndolo, entre todos los elementos de la tierra, como aquel que sería transustanciado en su propia sangre. En el caso de una boda de entonces, además, su importancia era decisiva. No ya solo porque ayudara al entretenimiento, sino porque era uno de los símbolos más profundos del gozo que producía a la pareja unirse para siempre. De hecho, forma parte del rito del matrimonio judío actual. En una primera instancia, se dispone una copa de la que el hombre y la mujer beben todavía como novios. Después, el rabino, u otra persona honorable, recita las siete bendiciones de compromiso. Al terminar, los novios beben de nuevo. En ese momento, comparten la misma copa ya como esposos.
Era, en definitiva, un problema no pequeño. Continuar la celebración solamente con agua habría sido una tragedia, y seguramente la reputación de los novios se habría visto afectada. Sin embargo, no sabemos si los invitados han percibido todavía la escasez del vino. El Evangelio solo subraya que es María quien se dio cuenta (cfr. Jn 2,3). Probablemente lo descubrió gracias a su mirada materna. Ella no se quedaba en la superficie de las cosas, sabía percibir los problemas de los demás. Su mirada de madre la lleva a reconocer inmediatamente que hay algo que no funciona y que causará una profunda infelicidad a sus amigos. Y, al mismo tiempo, sabe cómo ayudar a recuperar esa alegría perdida. «La grandeza de Dios convive con lo ordinario, con lo corriente. Es propio de una mujer, y de un ama de casa atenta, advertir un descuido, estar en esos detalles pequeños que hacen agradable la existencia humana: y así actuó María».