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UNA AMISTAD QUE NOS TRANSFORMA (4 de 5)
Para crecer siempre en el amor
Nicolás Álvarez de las Asturias
Normalmente, en la vida cristiana, el paso del tiempo va unido al crecimiento personal. La correspondencia al amor de Dios que ansiamos en la oración se suele manifestar en deseos de mejora, en un anhelo firme de apartar de nosotros lo que nos aparte de Cristo. De ahí que, quizá con relativa frecuencia, se nos haya enseñado a hacer oración de examen, pidiendo luz para detectar lo que no es propio de nuestra condición de hijos de Dios. Contando siempre con la gracia de Dios, hemos aprendido a formular propósitos para agradar al Señor, superando aspectos de nuestra vida que nos apartan, aunque sea poco, de él.
Sabemos muy bien que ese examen y esos propósitos no son un modo de conquistar las cosas por nuestra cuenta, sino que se trata de la manera verdaderamente humana de amar: quien desea agradar en todo a la persona amada se esfuerza por alcanzar la mejor versión de sí mismo. Sabiendo que Dios nos quiere como somos, deseamos amarle como él merece. Por eso buscamos, con una saludable tensión, luchar cada día un poco. No queremos caer en la tentación —¡tan fácil!— de justificar nuestras debilidades, olvidando que con su muerte y resurrección Cristo nos ha obtenido la gracia suficiente para vencer nuestros pecados.
Cuando san Josemaría era un joven sacerdote, muchos obispos le pedían que predicara durante días de retiro espiritual o ejercicios espirituales. Entonces, algunos empezaron a acusarlo de predicar «ejercicios de vida y no de muerte». Estaban acostumbrados a que, en aquellas jornadas, se reflexionase sobre todo en el destino eterno de cada uno y se sorprendían de que san Josemaría hablase también muy ampliamente sobre cómo vivir coherentemente la propia vocación. Esto pone de manifiesto una importante característica de la misión del Opus Dei: enseñar a «materializar la vida espiritual», evitando que la oración se convierta en una dimensión independiente y aislada en la vida de las personas; o también, como dice san Josemaría, apartar a las personas «de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas».
Aunque en nuestros ratos de oración no siempre experimentemos sensiblemente el amor de Dios —algunas veces sí que lo haremos— en realidad allí está siempre presente y operante. Si a ese amor le sumamos la lucha en lo que el Señor nos vaya indicando, nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestras intenciones, nuestras obras se transformarán progresivamente. Llegaremos a ser para los demás Cristo que pasa, ipse Christus.