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15 julio 2027

AGRADAR A DIOS. Para abrir las puertas del cielo

AGRADAR A DIOS
Para abrir las puertas del cielo
Diego Zalbidea

Estos dos diálogos nos muestran que Dios necesita nuestra libertad para hacernos felices. Y también que no siempre resulta fácil dejarse querer. San Josemaría recordaba que Dios «ha querido correr el riesgo de nuestra libertad». El primer modo de agradecérselo consiste en abrirnos nosotros también a la suya.

Incluso habría que decir que, por nuestra parte, no corremos riesgo alguno. Tan solo podría darse cierta apariencia de peligro, porque de hecho llevamos todas las de ganar: la garantía de su promesa son unos clavos que arden de amor por nosotros. Desde este punto de vista, comprendemos lo absurdo que puede llegar a ser resistirnos a la voluntad de Dios, aunque pronto comprobemos que es algo que nos ocurre con frecuencia. Lo que sucede es que «ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios» (1 Cor 13,12). Nos lo dice san Pablo: para conocernos no hay mejor camino que mirarnos desde Cristo, contemplar nuestra vida a través de sus ojos.

Dimas así lo comprende, y por eso no le da miedo ver la brecha enorme que se abre entre la bondad de Jesús y sus errores personales. A veces pensamos que conocernos es identificar nuestros errores: eso es verdad, pero no es toda la verdad. Conocer a fondo nuestro corazón significa también conocer nuestros anhelos más íntimos. Esa profundización, clave para poder escuchar a Dios, para dejarnos llenar por su amor, se realiza en el corazón de Dimas. El buen ladrón reconoce en el rostro humillado y desfigurado de Cristo unos ojos que lo miran con ternura, le devuelven la dignidad y, de una extraña manera, le recuerdan que es amado por encima de todas las cosas. Es verdad que este final feliz puede parecer demasiado fácil. Sin embargo, nunca conoceremos el drama de la conversión que experimentó su corazón en aquellos momentos, ni la preparación que seguramente la hizo posible.

Abrirse a tanto cariño significa descubrir que la oración es un don, un cauce privilegiado para acoger el afecto de un corazón que no sabe de medidas ni de cálculos. En la oración se nos regala una vida diferente, más feliz, más llena de sentido. «Rezando le abrimos la jugada a Él, le damos lugar para que Él pueda actuar y pueda entrar y pueda vencer»31. Es Dios quien nos transforma, es Dios mismo quien nos acompaña, es él quien lo hará todo; solamente necesita que le abramos la jugada, poniendo en movimiento nuestra libertad: la que Jesús nos ha ganado en la cruz.

La oración nos ayuda a comprender que «cuando Él pide algo, en realidad está ofreciendo un don. No somos nosotros quienes le hacemos un favor: es Dios quien ilumina nuestra vida, llenándola de sentido». Lo que le roba el corazón es la puerta abierta de nuestra vida, que se deja hacer, que se deja querer, transformar, que ansía corresponder, aunque no sepa muy bien cómo hacerlo. «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 34,9). Estas pocas palabras resumen el camino que nos lleva a ser almas de oración, «porque si no conocemos qué recibimos, no despertamos al amor». Podemos pensar: ¿Cuándo fue la última vez que le dijimos al Señor lo bueno que es? ¿Con qué frecuencia nos detenemos a considerarlo y gustarlo?

Por esta razón, el asombro es parte esencial de nuestra vida de oración: la admiración ante un prodigio que no cabe en nuestros parámetros. El asombro nos llevará a repetir con frecuencia: «¡Qué grande eres, y qué hermoso, y qué bueno! Y yo, qué tonto soy, que pretendía entenderte. ¡Qué poca cosa serías, si me cupieras en la cabeza! Me cabes en el corazón, que no es poco». Alabar a Dios nos sitúa en la verdad de nuestra relación con Cristo, aligera el peso de nuestras preocupaciones y nos abre panoramas que no podíamos prever. Son las consecuencias de haber corrido el riesgo de entregarnos a la libertad de Dios.