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UNA AMISTAD QUE NOS TRANSFORMA (3 de 5)
Una identificación que se da en el tiempo
Nicolás Álvarez de las Asturias
El mismo san Pablo, que recibió la gracia de encontrarse con Jesús resucitado en el camino de Damasco, pone de manifiesto en otros textos hasta qué punto los cristianos eran conscientes de que la meta de la oración era la identificación con Cristo. Así, exhortaba a los filipenses a tener «los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5) y afirmaba con sencillez a los de Corinto que «nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Co 2,16). Ahora bien, tener los mismos sentimientos y la misma mente del Hijo de Dios es algo que no se puede conseguir solamente como fruto del esfuerzo personal o de la aplicación de unas técnicas de aprendizaje. Se trata de algo que es consecuencia, ciertamente, de la propia lucha por hacer el bien de la manera en que lo haría Jesús, pero dentro de una experiencia de comunión, la propia del amor de amistad. Así, mediante la gracia, nos abrimos a una asimilación de lo propio de Cristo.
En la medida en que esa identificación con Jesús surge de una relación de amistad, es progresiva: requiere tiempo. Por eso recordaba san Josemaría que Dios lleva a las almas como por un plano inclinado, trabajando poco a poco en su interior y dándoles deseos y fuerzas de corresponder cada vez mejor a su amor: «En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día». Saber que las propias miserias —incluso las que más nos humillan— no son un obstáculo insuperable en el amor a Dios nos llena de esperanza. Y nos llena también de estupor: ¿cómo es posible que sea verdad ese grito, una vez más de san Pablo, que asegura que nada «podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,39)?
La respuesta, que solo la oración nos permite percibir de modo completo, se encuentra en la primacía de la iniciativa divina: es Dios quien nos busca y nos atrae. El apóstol Juan, ya en los últimos años de su vida, lo recordaba con emoción: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Hacer oración es, pues, irse volviendo cada vez más conscientes de que estamos en buenas manos y de que nuestro amor, siempre imperfecto, es solo correspondencia al amor de Dios que nos precede, nos acompaña y nos sigue. La contemplación de ese amor es el mayor estímulo para recorrer el plano inclinado de la identificación profunda con Jesucristo.