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UN PERFUME CON VALOR DE ETERNIDAD (3 de 3)
El ambiente se llena
Sofía Massmann
San Juan detalla que la casa se impregnó con la fragancia del perfume (cfr. Jn 12,3). De los presentes, quienes no se hayan percatado del generoso acto de María su sentido del olfato les habrá descubierto que algo ha pasado en aquel lugar.
Una manifestación de piedad no engrandece solamente el alma de quien lo realiza. El amor es difusivo, se expande, impregna con su buen aroma a quienes están alrededor. También lo que se deja de hacer, las omisiones, dejan su huella y empequeñecen esta economía de salvación. La piedad, que nace del deseo de agradar a nuestro Padre Dios, «es una actitud profunda del alma, que acaba por informar la existencia entera: está presente en todos los pensamientos, en todos los deseos, en todos los afectos».
Dentro de la naturalidad del día a día de todo cristiano, se presentan muchas ocasiones para impregnar el ambiente de amor a Dios: en el trabajo, en la vida en familia, con los amigos y colegas… Es el bonus odor Christi, el buen olor de Cristo, que se manifiesta en el «amor sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota». Ungir al Señor, llenar con el perfume de la caridad el ambiente en el que cada uno se encuentra, abre un inmenso panorama a la propia existencia: nos permite mirar a Dios, y sentirnos mirados por él, a través de todo lo que hacemos.
No es de extrañar que los invitados prestaran su atención a la escena que discretamente protagonizaba María. El foco de las conversaciones cambiaría y se produciría un intercambio de miradas. Cada uno, en la intimidad de su corazón, valoraría ese gesto. Juan, al igual que Pedro y Marta, probablemente supo apreciar el acto de María. San Juan apunta la reacción de Judas: «¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?» (Jn 12,5). María haría oídos sordos a estas palabras. El cálculo no entraba en el léxico sobre el amor que habría aprendido cerca del Maestro. Jesús mira a Judas y a María; en sus ojos se percibe el cariño con el que trata de reconducir los pensamientos y con voz clara dice: «Déjala» (Jn 12,7).
«Jesús sabía que su muerte estaba cercana y vio en ese gesto la anticipación de la unción de su cuerpo sin vida antes de ser depuesto en el sepulcro. Esta visión va más allá de cualquier expectativa de los comensales. Jesús les recuerda que el primer pobre es él, el más pobre entre los pobres, porque los representa a todos. Y es también en nombre de los pobres, de las personas solas, marginadas y discriminadas, que el Hijo de Dios aceptó el gesto de aquella mujer. Ella, con su sensibilidad femenina, demostró ser la única que comprendió el estado de ánimo del Señor».
Esta fue la despedida que María dio a Jesús. Quiso manifestarle su cariño de una manera única, que perdurara en el tiempo. Y lo consiguió. Su amor no solo llegó al corazón del Señor: también alcanza el de todos aquellos –presentes en casa de Simón o lectores de este pasaje– que reconocen su magnanimidad y su deseo de no separarse jamás de él.