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8 junio 2027

AL BORDE DEL CAMINO. Saliendo de Jericó

AL BORDE DEL CAMINO (2 de 4)
Saliendo de Jericó
Juan Carlos Ossandón

San Marcos introduce el episodio diciendo que Jesús y sus discípulos «llegan a Jericó», ciudad situada en el valle del río Jordán y a veinticinco kilómetros de Jerusalén, que es hacia donde se dirige Jesús. Sin contarnos nada de lo que haría dentro de esta ciudad, el evangelista añade inmediatamente: «Y cuando salía él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna» (Mc 10,46). Podemos imaginar esta situación como si fuera una escena filmada desde algunas decenas de metros de distancia, de tal manera que consigue encuadrar a dos personas que no están juntas: por un lado se ve al Señor saliendo de la ciudad, rodeado de mucha gente; por el otro, se distingue a un ciego que pide limosna junto al camino. Jesús se encuentra en movimiento; el ciego, en cambio, está sentado. También se puede pensar en una sucesión de imágenes: primero vemos al Maestro y a la muchedumbre; después la cámara se mueve a lo largo del camino hasta detenerse para ofrecer un primer plano del ciego. La indicación de su nombre –Bartimeo– seguida de su traducción –hijo de Timeo– acentúa su singularidad. Quizá hay también un toque de ironía, pues Timeo significa honrado, estimado.

A continuación, la cámara adopta un primer plano del ciego. Poco a poco se va acercando hacia él, hasta que resulta posible distinguir su voz: «Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!”» (Mc 10,47). Tras enterarse de quién es el causante de la agitación que percibe, Bartimeo reacciona con un clamor que no solo es una petición de misericordia, sino también una confesión: él oyó «Jesús Nazareno», pero lo proclama como «Hijo de David», adelantándose a las aclamaciones de la gente cuando el Señor entraría en Jerusalén.

Bartimeo sigue en el centro de la escena. La narración nos ha metido en la piel de nuestro personaje, de manera que ahora no solo lo vemos de cerca, sino que también oímos lo mismo que él. Ajetreo. El tumulto de la muchedumbre que se acerca. Las pisadas en la arena del camino. Comenzamos a escuchar también los gritos de los que tratan de silenciarlo. «¡Cállate! ¡Deja de molestar al Maestro! ¡Sigue a lo tuyo!». No terminamos de entender por qué la gente no quería que Bartimeo abriese la boca. Pero él no se echa para atrás, y repite el mismo clamor con más fuerza si cabe: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!» (Mc 10,48).

Desconocemos qué es exactamente lo que quiere de Jesús, aunque lo podemos intuir. Tampoco sabemos por qué lo reconoce como hijo de David, es decir, como el descendiente del rey que heredaría el trono de su padre y reinaría para siempre en Israel. En cualquier caso, su modo de actuar muestra a un hombre que no es pusilánime ni cobarde. No se deja arrastrar por el ambiente. Sabe que el Mesías esperado está pasando por delante de él, y no puede dejar que escape esta oportunidad. «¿La gente me dice que me calle? ¡No puedo!». A Bartimeo le pudieron más las ganas de gritar que las de callar por miedo al qué dirán. «¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí?” ¡Qué hermosa jaculatoria, para que la repitas con frecuencia!».