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7 junio 2027

MI HIJO AMADO. Cumplir toda justicia

MI HIJO AMADO (2 de 3)
Cumplir toda justicia
Miguel Forcada

Lejos del centro de la escena se encuentra un hombre que escucha las palabras de Juan. Nos lo podemos imaginar sentado sobre una piedra, con el manto sobre la cabeza para defenderse de la fuerza del sol. Su atención se dirige también a la gente que le rodea. Se fija en sus rostros llenos de dolor y de esperanza. Y va más allá. Con su espíritu penetra también sus corazones y conoce lo que hay en ellos. Ese hombre es el Verbo eterno «por medio del cual se hizo todo, y sin el cual no se hizo nada de cuanto se ha hecho» (Jn 1,3). El Verbo que en la plenitud de los tiempos «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Revestido de nuestra condición, igual en todo a nosotros menos en el pecado, atiende al clamor silencioso de esos espíritus penitentes.

Jesús se levanta de la piedra y se acerca a la fila que espera su turno para hacerse bautizar. Aunque no tiene pecado, se sitúa entre los pecadores, como uno más. Se muestra así «solidario con nosotros, con nuestra dificultad para convertirnos, para dejar nuestros egoísmos, para desprendernos de nuestros pecados, para decirnos que si le aceptamos en nuestra vida, él es capaz de levantarnos de nuevo y conducirnos a la altura de Dios Padre». Y una vez llegado a la orilla del río, se quita el manto y avanza hasta Juan, que espera en medio del agua.

Probablemente el Bautista habría soñado con el momento en que se encontraría a Jesús. Cierto es que de niños los dos primos –el hijo de Isabel y el hijo de María– se habrían visto en varias ocasiones, pero de eso ha pasado ya mucho tiempo. Ahora bien, lo que seguramente no se esperaba Juan era reencontrarlo en esta situación, de ahí que se sobresaltara, como ya hizo en el vientre de su madre: «Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?» (Mt 3,14). Juan ha orientado toda su vida para preparar el camino a Cristo: su oración en el desierto, su rigurosa penitencia, su ardiente predicación… ¡Es él, Juan, el que necesita recibir el bautismo de Cristo, y no al revés! Pero el Señor, mirándole a los ojos, contesta seguro: «Déjame ahora, así es como debemos cumplir nosotros toda justicia» (Mt 3,15). Esta frase pertenece al género de esas enigmáticas expresiones que usa el Señor y que nos dejan perplejos.

¿A qué se refiere con cumplir toda justicia?

Con frecuencia relacionamos la justicia con la severidad. Es verdad que la justicia puede ser severa cuando es necesario, pero en Dios justicia y misericordia son lo mismo. Para el Señor es de justicia atender la demanda de esos corazones afligidos que buscan el perdón de Dios. Cumplir toda justicia significa realizar la justificación de los pecadores. Que Dios es justo significa que es leal, que cumple con su palabra y que concede el perdón al que se arrepiente: «Arrojad de vosotros todos los delitos que habéis cometido y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué queréis morir, casa de Israel? Yo no quiero la muerte del que muere, oráculo del Señor Dios. Convertíos y vivid» (Ez 18,31-32). Ha llegado el momento de cumplir las antiguas profecías. Con el bautismo de Cristo acaba el tiempo de las promesas, porque comienza el tiempo de hacerlas realidad.

Juan, obediente, bautiza al Señor como a uno más. Le sumerge en las aguas, y al hacerlo «se abrieron los cielos» (Mt 3,16). El agua en la que los judíos habían dejado sus pecados tiene un profundo significado: Cristo baja a lo más hondo de la miseria humana –representada en el agua– para abrir a todos el camino al Padre. Desde ese momento el agua en la que se sumerge se mezcla con el cielo que se abre y comunicará la gracia divina. Se ha inaugurado el Bautismo cristiano, el que da la vida eterna y perdona los pecados. Toda la justicia se ha cumplido: ahora los penitentes pueden ser bautizados en Cristo y quedar libres de las culpas que les pesaban.