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UNA AMISTAD QUE NOS TRANSFORMA (1 de 5)
Nicolás Álvarez de las Asturias
Al final del año 57, san Pablo escribe una carta a los cristianos que viven en Corinto. El apóstol es consciente de que en aquella comunidad algunos no lo conocen, y de que otros se han dejado llevar por habladurías que lo desacreditan, así que en gran parte del texto expone las características que debe tener quien es portador del Evangelio de Jesús. Sabemos también que, por todo eso, había prometido volver a visitarlos pronto pero que no había podido hacerlo hasta ese momento. Es en este contexto donde encontramos una de las frases más bonitas de sus escritos. Pablo se pregunta, de manera retórica, si necesita enviar alguna carta de recomendación para que la comunidad lo conozca mejor, para ganarse nuevamente su estima. Y responde, lleno de fe en la acción de Dios en las personas, que su verdadera carta de recomendación es el corazón de cada uno de los cristianos de Corinto. Es el mismo Espíritu Santo quien la escribe en sus almas, valiéndose de lo que san Pablo les había transmitido: «Es notorio que sois una carta de Cristo» (2 Co 3,3).
Y bien, ¿cómo nos convertimos en esa «carta de Cristo»? ¿Cómo hace Dios para transformarnos poco a poco? «Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados en su misma imagen, cada vez más gloriosos, conforme obra en nosotros el Espíritu del Señor» (2 Co 3,18). Estas palabras de san Pablo desvelan el método del Espíritu Santo en nosotros. Se trata de hacernos gloriosamente semejantes a Cristo, de modo progresivo, contando con el tiempo: esta es la dinámica propia de la vida espiritual.