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29 junio 2027

UN PERFUME CON VALOR DE ETERNIDAD. La unción en Betania

UN PERFUME CON VALOR DE ETERNIDAD (1 de 3)
La unción en Betania
Sofía Massmann

La Pasión del Señor es inminente. Jesús está en Betania, en casa de Simón (cfr. Jn 12,1-11; Mt 26,6-13). Lázaro, ya muerto y resucitado, se encuentra a su lado disfrutando del que quizá fue el último encuentro con su buen amigo. Marta y María también están presentes, junto con unos cuantos discípulos. Marta, como en otras ocasiones, busca agasajar a Jesús, aunque esta vez ella no sea la anfitriona. María, por su parte, echa una mano a su hermana, pero su corazón y su imaginación están ponderando muchas cuestiones que ha vivido últimamente. Con una aguda intuición, quizá comprende en las palabras de Jesús que este encuentro es distinto a todos los demás.

Un amor sin cálculos

Esa tarde los pensamientos de María girarían en torno a Jesús. Todo en ella era agradecimiento. Si bien la amistad siempre hace brotar un sentido de gratitud, la amistad con Dios ¡cuánto más! Tantas horas de conversación, de consuelo y de compañía le ha brindado el Señor, y recientemente le ha devuelto a su hermano, Lázaro, de la muerte.

«¿Cómo agradecer tanta bondad? ¿Qué más puedo hacer por mi Dios?». Estas y otras preguntas se asomarían a su cabeza y, por fin, se decide. Va a hacer algo especial por Jesús para manifestarle su gratitud y su amor.

Los demás invitados no imaginarían lo que en pocos minutos iban a presenciar. María piensa en lo que tiene de mayor valor, no quiere dar una cosa meramente material. No, lo que quiere es entregarse, adorarle, darle gracias y, con ello, manifestar a Jesús todo su amor. Una sonrisa se esboza en su semblante. Ese perfume, de nardo puro, está recogido en una fina botella de alabastro y posiblemente de cuello delgado, hecho así para que, gota a gota, se desprenda el perfume y aromatice el ambiente. Es una fragancia que podría tasarse en unos trescientos denarios –el salario de casi todo un año–, y que pasará a tener valor de eternidad.

María se abre paso entre los invitados y, con determinación, realiza un gesto magnánimo. Antes de que Simón ofreciera a Jesús agua para lavarse, como era la costumbre, María se adelanta, toma el perfume, unge con él los pies de Jesús y los seca con sus cabellos. Rompe el frasco: todo es para su Dios, no se reserva ni una sola gota. Ofrece lo que tiene, con profunda devoción. No calcula, no mide, no se corta. Con ese gesto reconoce la alta dignidad de Jesús. Ese perfume ya no es solo su perfume de nardo de trescientos denarios. María ha ungido al Mesías con el perfume de su libertad, que «solo puede entregarse por amor».

Este momento se asemeja a otro de la vida del Señor, ya lejano en el tiempo, hace más de treinta años. No es Betania, es Belén. No están ni Marta, ni María, ni Lázaro, ni los demás discípulos. Solo están María y José. Jesús no ha hecho milagros ni se ha manifestado como Dios, pero ha nacido como Salvador del mundo. En esas circunstancias, unos reyes de Oriente también le reconocen una dignidad excelsa, dejan lo que tiene de valor a sus pies y, con profunda veneración, adoran a ese Niño Dios. Sus padres se conmueven con ese gesto, admirados de la maravilla que están viviendo. Seguramente, pasado el tiempo, recordarán a Jesús esa expresión magnánima de adoración. Esos reyes poderosos no solamente habían dado unos bienes materiales, más o menos valiosos, sino que al arrodillarse –al menos así podríamos imaginarlos mientras ofrecen sus dones– manifestaron su voluntad de amarle por encima de cualquier otra realidad terrena.

«Queridos jóvenes –escribía en una ocasión san Juan Pablo II–, ofreced también vosotros al Señor el oro de vuestra existencia, o sea la libertad de seguirlo por amor respondiendo fielmente a su llamada; elevad hacia él el incienso de vuestra oración ardiente, para alabanza de su gloria; ofrecedle la mirra, es decir el afecto lleno de gratitud hacia él, verdadero Hombre, que nos ha amado hasta morir como un malhechor en el Gólgota». Como aquellos reyes, María, con su perfume, ofrece a Jesús su libertad, su gratitud y su deseo de amarle con todo el corazón.