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28 junio 2027

LA EXPERIENCIA DEL DESIERTO. Escuchar el hambre

LA EXPERIENCIA DEL DESIERTO (2 de 5)
Escuchar el hambre
Gaspar Brahm y José María Álvarez de Toledo

Como verdadero hombre, después de haber pasado cuarenta días de estricto ayuno y profunda oración, Jesús siente hambre. No se trata de un apetito puntual, ni tampoco de una mera necesidad humana: es un hambre por la supervivencia. El Señor se encuentra en el límite de sus fuerzas humanas. Podemos imaginarlo extenuado, con la mirada recorriendo el árido e infinito paisaje, hasta que se posa en unas pequeñas rocas distantes. Y la imaginación, que siempre transforma la necesidad en sueños, quizá lo llevaría por los caminos de sus entrañables recuerdos, cuando comía los platos sencillos pero sabrosos que con tanto cariño le prepararía su madre. Es precisamente en una situación como esa cuando aparece en escena el tentador: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3).

Adán y Eva sucumbieron ante otra insinuación del demonio cuando se dejaron seducir por la belleza del fruto del árbol, en vez de la comunión con Dios (cfr. Gn 3,1-6). También el pueblo de Israel cayó en la desesperación en el desierto ante la falta de alimento, mientras recordaban con nostalgia las verduras que comían siendo esclavos en Egipto (cfr. Nm 11,5). Se trata de una prueba que, a fin de cuentas, lleva a meditar sobre la jerarquía de nuestro corazón y a preguntarse sobre lo que cuenta de verdad en la vida. «Superar la tentación de someter a Dios a uno mismo y a los propios intereses, o de ponerle en un rincón, y convertirse al orden justo de prioridades, dar a Dios el primer lugar, es un camino que cada cristiano debe recorrer siempre de nuevo».

Cuando la necesidad parece rebelarse en su interior y reivindicar sus propios derechos, Jesús muestra la verdadera fuente de su paz, aquello que sabe que le hace feliz: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» (Mt 4,4). Cristo no niega que tiene hambre. Pero no quiere satisfacerla con cualquier alimento, sino con aquello que lo sacia profundamente: ser fiel a la llamada a redimir a todos los hombres. «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34), dirá en otra ocasión a los discípulos.

El Señor revela que, cuando aparece la tentación, el primer paso es reconocerla como tal. Actuar como si no pasara nada, fingiendo que en realidad no se tiene hambre, puede provocar una tensión latente que poco a poco va haciendo desear y mirar con interés aquello que al principio se rechazaba. Por eso Dios nos invita a escuchar el hambre que tiene nuestro corazón, para no llenarlo con los primeros pedruscos que nos encontremos. A través de la experiencia de nuestra necesidad, podemos comprender un mensaje. Nos damos cuenta de que el Señor no quiere que ahoguemos esa hambre con el fruto de un árbol o las verduras de Egipto, pues apenas podrán anestesiarla. Su propuesta ante esa necesidad, más bien, es que llenemos el corazón de aquello que es realmente importante en nuestra vida: el amor a Dios y a los demás.