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AL BORDE DEL CAMINO (4 de 4)
¿Cómo reaccionará el Maestro esta vez?
Juan Carlos Ossandón
«“Rabboni, que vea”, le respondió el ciego». No pide dinero, como solía hacer junto al camino, sino un don mucho más grande y difícil. La petición de Bartimeo, la misericordia que pedía a gritos al Hijo de David, consiste en volver a ver. De nuevo le sale espontáneo dirigirse al Señor, hablar con él, decir lo que piensa sin tapujos, con sencillez.
«¿No te ha sucedido, en alguna ocasión, lo mismo que a ese ciego de Jericó? Yo no puedo dejar de recordar que, al meditar este pasaje muchos años atrás, al comprobar que Jesús esperaba algo de mí –¡algo que yo no sabía qué era!–, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam –Maestro, que vea– me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que tú quieres, se cumpla».
Jesucristo escucha la petición del ciego y no la rechaza: «Entonces le dijo: “Anda, tu fe te ha salvado”. Y al instante recobró la vista» (Mc 10,52). La declaración de Jesús nos revela el punto más importante del episodio, porque interpreta con autoridad la conducta de Bartimeo. Su perseverancia en la oración, su prontitud para obedecer la llamada y su desprendimiento de todo lo que posee no eran consecuencia de un carácter irreflexivo, de ambiciones personales o de afán de protagonismo, sino de su fe. Por eso, no sorprende la frase con la que san Marcos concluye el relato: «Y le seguía por el camino» (Mc 10,52). La fe que movió a Bartimeo a pedir con insistencia y a superar las dificultades lo lleva finalmente a transformarse en un discípulo, que se pone en marcha detrás de Jesús en el camino que sube de Jericó a Jerusalén, el camino que lleva a la cruz.
«Seguirle en el camino. Tú has conocido lo que el Señor te proponía, y has decidido acompañarle en el camino. Tú intentas pisar sobre sus pisadas, vestirte de la vestidura de Cristo, ser el mismo Cristo: pues tu fe, fe en esa luz que el Señor te va dando, ha de ser operativa y sacrificada. No te hagas ilusiones, no pienses en descubrir modos nuevos. La fe que él nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba».
¡Cómo sería la vida de Bartimeo después de este encuentro! El Evangelio no nos vuelve a hablar de él, pero podemos imaginar que habrá sido un antes y un después. Ya no estaría al borde del camino pidiendo limosnas, sino que saldría al paso de la gente para contarles lo que había significado en su vida ese momento con Jesús. Si antes no podía callar cuando sabía que el Mesías estaba cerca, ¿qué no haría después de haber sido llamado y curado por el Maestro?
«También nosotros, cuando nos acercamos a Jesús, vemos de nuevo la luz para mirar el futuro con confianza, reencontramos la fuerza y el valor para ponernos en camino».