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LA EXPERIENCIA DEL DESIERTO (1 de 5)
Las tentaciones de Jesús
Gaspar Brahm y José María Álvarez de Toledo
La trama de una buena película suele tener momentos de conflicto. Si el protagonista no tuviera que afrontar problemas sería quizá una historia monótona y previsible. En cambio, son esos giros los que hacen que un film sea emocionante. El espectador contempla entonces cómo el actor va atravesando los diferentes contratiempos hasta alcanzar lo que tanto deseaba. Y al acabar ese proceso, que ha tenido sus altibajos, muchas veces se sentirá transformado: el personaje que comenzó la película será distinto al del final.
En la historia de cualquier persona también se dan esas situaciones de conflicto. No existen biografías sin momentos de dolor, de duda o de cansancio. Así, junto con los momentos buenos, esas circunstancias también nos permiten crecer en los ideales que inspiran nuestra vida. El mismo Jesús quiso abrazar una experiencia similar: pasó cuarenta días de hambre y de sed en el desierto, donde sufrió las tentaciones del demonio (cfr. Mt 4,1-11).
Elegir quién queremos ser
Después de que Cristo recibiera en las aguas del Jordán una manifestación del Paráclito y del amor de su Padre, es llevado por ese mismo Espíritu al desierto «para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1). En vez de abrazar el éxito fácil ante la muchedumbre del Jordán, prefirió preparar su vida pública con el sabor agridulce del abandono y de la prueba. «También Jesús fue tentado por el diablo, y nos acompaña a cada uno de nosotros en nuestras tentaciones. El desierto simboliza la lucha contra las seducciones del mal, para aprender a elegir la verdadera libertad. De hecho, Jesús vive la experiencia del desierto justo antes de comenzar su misión pública.
Es precisamente a través de esa lucha espiritual que afirma con decisión qué tipo de Mesías pretende ser».
Mediante las tentaciones que se puedan presentar en el día a día, también nosotros podemos afirmar con decisión quiénes queremos ser. Si Dios las permite es precisamente para que podamos descubrir nuestra verdad y purificar nuestro amor, de manera que nuestros deseos tiendan a él. «La guerra del cristiano es incesante, porque en la vida interior se da un perpetuo comenzar y recomenzar, que impide que, con soberbia, nos imaginemos ya perfectos. Es inevitable que haya muchas dificultades en nuestro camino; si no encontrásemos obstáculos, no seríamos criaturas de carne y hueso. Siempre tendremos pasiones que nos tiren para abajo, y siempre tendremos que defendernos contra esos delirios más o menos vehementes».
El Señor no nos deja solos. Al mismo tiempo que experimentamos la tentación, contamos con la mano tendida de Jesús para seguir adelante. A través de esas pruebas, podemos comprender quiénes queremos ser y elegir libremente los ideales que nos mueven. Cristo nos comprende mejor que nadie cuando sentimos ese dilema entre lo que queremos ser y el aparente bien que la prueba pone a nuestro alcance. La manera en que él vivió la experiencia del desierto nos podrá ayudar a ver las tentaciones con mayor realismo: no es cediendo o dialogando con ellas como encontraremos la paz, sino abrazando con decisión el amor que inspira nuestra vida.