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DE LA ORACIÓN A LA VIDA, Y DE LA VIDA A LA ORACIÓN (2 de 5)
Por el motivo adecuado
Lucas Buch
Hay conversaciones silenciosas, como las de los amigos que caminan juntos, o la de los enamorados que se miran a los ojos. No necesitan palabras para compartir lo que llevan en el corazón. Sin embargo, no existe conversación sin atención a la persona que tenemos delante. Los teléfonos móviles han introducido en nuestra vida el extraño fenómeno de estar hablando con alguien que quizá está más pendiente de otras conversaciones…
El diálogo con Dios al que estamos llamados tiene que ver precisamente con esa atención. Una atención que no es excluyente, desde el momento en que podemos descubrir a Dios en muchas circunstancias y actividades que, aparentemente, tienen poco que ver con él. Algo similar hacía aquel cantero que veía, tras las piedras que picaba, el esplendor de una catedral. Por eso san Josemaría hablaba de la necesidad de «ejercitar las virtudes teologales y cardinales en el mundo, y llegar de esta manera a ser almas contemplativas». No se trata solamente de obrar de modo correcto, sino también de obrar por el motivo adecuado, que en este caso es buscar, amar y servir a Dios. Precisamente eso hace posible la presencia del Espíritu Santo en nuestras almas, vivificándola con las virtudes teologales. Así, en las mil y una elecciones de cada día podemos permanecer atentos a Dios y mantener viva nuestra conversación con él.
Al ir a trabajar por la mañana o al despertarnos para ir a clase; al llevar a los hijos al colegio o al atender a un cliente podemos preguntarnos: «¿Qué estoy haciendo? ¿Qué me mueve a hacerlo bien?». La respuesta que brotará enseguida será más o menos profunda, pero en todo caso puede ser una buena ocasión para añadir: «Gracias, Señor, por contar conmigo. Quisiera servirte con esta actividad, y hacer presente en este mundo tu luz y tu alegría». Entonces, verdaderamente, nuestro trabajo nacerá del amor, manifestará el amor y se ordenará al amor.