Página inicio

-

Agenda

10 junio 2027

AGRADAR A DIOS. Santidad y monotonía

AGRADAR A DIOS
Santidad y monotonía
Diego Zalbidea

Es sábado. Jesús está en la sinagoga de Nazaret. Vienen a su mente quizás muchos recuerdos entrañables de infancia y juventud.

¡Cuántas veces ha escuchado allí la palabra de Dios! A sus paisanos, que lo conocen desde hace mucho tiempo, les han ido llegando varias noticias sobre los milagros que ha hecho en ciudades vecinas. Y esto genera una situación extraña: la familiaridad con Jesús se convierte para ellos en un obstáculo. «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano?» (Mt 13,54−55), se preguntan. Les sorprende que la salvación pueda venir de alguien a quien han visto crecer día a día. No creen que el Mesías pueda haber vivido entre ellos de una manera tan discreta y desapercibida.

Como los paisanos de Jesús
Los habitantes de Nazaret creen conocer bien a Jesús. Están seguros de que las cosas que se cuentan de él no pueden ser ciertas. «¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13,56). En un pueblo que no hace representaciones de Dios, que ni siquiera pronuncia su nombre, uno de sus compatriotas afirma que es el Mesías… Imposible. Es más, conocen su origen, conocen a sus padres, conocen su casa: «Era una familia sencilla, cercana a todos, integrada con normalidad en el pueblo». No se explican cómo alguien tan similar a ellos puede hacer milagros. «La normalidad de Jesús, el trabajador de provincia no parece tener misterio alguno. Su proveniencia lo muestra como uno igual a todos los demás». El Hijo de Dios trabajaba con José en su taller; «la mayor parte de su vida fue consagrada a esa tarea, en una existencia sencilla que no despertaba admiración alguna». Y precisamente esa normalidad se convierte en un motivo para no creer en su divinidad.

Si esta reacción de sus contemporáneos puede parecernos algo muy ajeno, en realidad también nosotros muchas veces sospechamos de la normalidad. Nos atrae lo especial, lo llamativo, lo extraordinario; nos encanta romper el ritmo. Nuestra capacidad de asombro ante lo cotidiano se suele adormecer. Nos encerramos en ciertas rutinas, dando por supuestos los milagros que están detrás de la normalidad de la vida. Sin ir más lejos, muchas veces nos acostumbramos incluso al mayor de todos ellos, a la presencia del Hijo de Dios en la Eucaristía. Pero lo mismo nos puede pasar con nuestro encuentro personal con Cristo en la oración, o con esa serenata de jaculatorias a la Virgen que es el rezo del santo rosario, o con aquellos momentos de lectura espiritual, en los que queremos nutrir nuestra mente y nuestros afectos con la sabiduría cristiana.

Tal vez nos hemos habituado a tener a nuestro creador tan a la mano. Porque es así: el dispensador de todas las gracias, el amor que colma cualquier deseo, está encerrado en infinidad de sagrarios repartidos por todo el globo. Dios ha querido hacer presente toda su omnipotencia en los espacios que le ofrece la normalidad. Él obra desde allí. Así, muchas veces sin brillo, surgen innumerables milagros a nuestro alrededor.