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LAS DIFICULTADES EN LA ORACIÓN (3 de 5)
Disposiciones que ayudan a orar
Jon Borobia
Aunque la capacidad de conversar con los demás parece algo espontáneo o natural, en realidad aprendimos a hablar y descubrimos las actitudes elementales del diálogo con ayuda de otros, muy lentamente. Lo mismo ocurre en el trato con Dios, porque «la oración debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso». Por eso es comprensible que los discípulos hayan pedido a Jesús que les enseñase a orar (cfr. Lc 12,1).
Entre esas actitudes fundamentales para entrar en una vida de oración están la fe y la confianza, la humildad y la sinceridad. Cuando oramos con disposiciones equivocadas, aunque con frecuencia sean inconscientes, nuestros esfuerzos por hacer oración pueden ser vanos. Nos puede suceder, por ejemplo, que en realidad no queremos revisar lo que nos aleja de Dios; o que no estemos dispuestos a renunciar a nuestra autosuficiencia; o que, persiguiendo un modelo de eficacia que responde más a nuestros parámetros culturales que al dinamismo de la gracia de Dios, caigamos en la trampa de medir nuestra relación con el Señor solamente por los resultados que percibimos.
¿Cómo sustraernos a esas desviaciones? Quizá fomentando especialmente, entre esas disposiciones íntimas para orar, las que se refieren a la confianza en el Señor. En efecto, ciertas lagunas en la formación llevan a no pocas personas a vivir con una noción equivocada de Dios y de sí mismas, a pesar de su buena voluntad. Unas veces pueden imaginar que Dios es un juez rígido, que exige una conducta perfecta; otras, que hemos de recibir lo que pedimos tal y como lo queremos nosotros; o que los pecados son una barrera insalvable para alcanzar un trato sincero con el Señor. Aunque pueda parecer obvio, necesitamos construir nuestra vida de oración sobre el cimiento seguro de algunas verdades nucleares de la fe, como estas: que Dios es un Padre amoroso, y que goza con nosotros; que la oración es siempre eficaz porque él atiende nuestras súplicas, aunque sus caminos no sean los nuestros; o que nuestras ofensas son precisamente ocasión para acercarnos de nuevo a nuestro salvador.