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31 mayo 2027

MI HIJO AMADO. El bautismo de Jesús

MI HIJO AMADO (1 de 3)
El bautismo de Jesús
Miguel Forcada

El pueblo de Israel se agita: hay un nuevo profeta. Siglos llevaba sin resonar la voz de Dios en la tierra de Judá con esa fuerza. Por eso la gente se estremece y se acerca a Juan, el Bautista: «Acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán» (Mt 3,5). Podemos representar ante nosotros la escena a vista de pájaro. Vemos a lo lejos la ciudad de Jericó, rodeada de palmeras. Y una cinta plateada, el río Jordán, que cruza por medio de un desierto seco y rocoso. Es fácil suponer que la gente se agolparía en su ribera, porque lejos del frescor del agua el calor se volvería insoportable. Allí aquella multitud escucha el sencillo mensaje de Juan: «Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos» (Mt 3,2). Sobre los corazones de aquella gente no pesa el cansancio del camino ni el ardor del sol: lo que les pesan son sus pecados.

Lágrimas amargas

La palabra de Juan atraviesa el espíritu de esas gentes que repasan en su conciencia todas aquellas faltas contra Dios. En la mente de algunos de ellos, judíos piadosos que conocían a fondo la Escritura, la voz de Juan les recordaría a las de los antiguos profetas. Como Jonás anunció en términos muy duros a los ninivitas la necesidad de arrepentirse y volverse a Dios, Juan Bautista reclamaba del mismo modo una genuina conversión. Los judíos arremolinados a la vera del Jordán pensarían, tal vez, como los antiguos habitantes de Nínive:

«¿Quién sabe si Dios se dolerá y se retraerá, y retornará del ardor de su ira, y no pereceremos nosotros?» (Jon 3,9).

Esos hombres, que se saben pecadores, no se contentan con un arrepentimiento interno, por sincero que sea. Les quema dentro el dolor de sus pecados, y por ello se acercan uno a uno al profeta y «confesaban sus pecados» (Mt 3,6). Lo que nunca habrían dicho a otras personas se lo confiaban a aquel desconocido, porque en él veían a un hombre de Dios. Muchos de ellos, al confesarse, llorarían con lágrimas tan ardientes y amargas como aquel desierto. Lágrimas que se mezclarían con el agua del río, en la que el profeta los sumergía por entero bautizándoles.

Juan predicaba «un bautismo de penitencia para remisión de los pecados» (Mc 1,4), pero bien sabía él que esa agua no podía llegar hasta el alma para limpiarla. Ellos solos no podían hacer más, confiaban en la promesa de Dios que decía: «Volveos a mí y yo me volveré a vosotros» (Ml 3,7). Se volvían tanto como podían, ¡y ojalá Dios se estuviera fijando en su aflicción y les trajese la salvación! Así lo deseaban ellos, y así también se lo prometía Juan, llenándoles de consuelo: «El que viene después de mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego» (Mt 3,11). Un Espíritu y un fuego que les permitieran empezar de nuevo. El pueblo se arrepentía, lloraba sus pecados y los confesaba, y se sumergían en el agua suplicando al Señor que hiciese el milagro de sanar sus corazones. ¿Estaría Dios escuchando su lamento?