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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (3 de 6)
Un sentido para la libertad
José Ignacio Murillo
Para descubrir y dejarse alcanzar por este Amor, resulta imprescindible «fomentar la libertad interior, que lleva a hacer las cosas por amor». Precisamente para poder amarle de verdad, Dios nos ha creado libres. Es así como nos mira y como se deleita en nosotros. Nos cuesta entenderlo, porque los seres humanos no sabemos crear seres libres. A lo sumo producimos autómatas, que llevan a cabo aquello para lo que los hemos diseñado, o remedamos la libertad creando artefactos que funcionan aleatoriamente; pero somos incapaces de suscitar algo que pueda decidir por sí mismo. Sin embargo, esto es lo que hace Dios con nosotros al crearnos y al redimirnos del pecado que limitaba nuestra libertad.
Ser libre no es en primer lugar no estar determinado o condicionado por algo externo, sino ser capaz de respaldar nuestras acciones y nuestras respuestas. Por eso la libertad va de la mano de la responsabilidad. Ser libre es ser capaz de responder y, por tanto, de establecer un diálogo pleno y real con otras personas y, ante todo, con nuestro creador.
No es, por lo tanto, la libertad algo añadido, una característica de la que podríamos prescindir y seguir siendo nosotros mismos. La libertad que Dios quiere para nosotros es verdadera, y tan profunda como nuestro ser. Su reconocimiento es un gran avance del ser humano: «La pasión por la libertad, su exigencia por parte de personas y pueblos, es un signo positivo de nuestro tiempo. Reconocer la libertad de cada mujer y de cada hombre significa reconocer que son personas: dueños y responsables de sus propios actos, con la posibilidad de orientar su propia existencia».
Dios, que nos quiere como somos porque nos ha creado, nos quiere libres porque nos ama por nosotros mismos y solo se conforma con la apertura libre y amorosa de nuestra intimidad: «Dame, hijo mío, tu corazón» (Prov 23,26). Así se comprende que «porque me da la gana» sea, para san Josemaría, la razón más sobrenatural para hacer el bien, aquella en la que se anuda el misterio del amor creador y redentor de Dios con la respuesta auténtica de su criatura amada, que tiene en su mano reconocerle como Padre y aceptar con confianza la voluntad de quien solo puede querer el bien de su hijo.