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3 mayo 2027

RETROSPECTIVA DE UNA VIDA. La muerte de san José

RETROSPECTIVA DE UNA VIDA (1 de 4)
La muerte de san José
José María Álvarez de Toledo

Podemos imaginar que José ya no puede más y que, a pesar de sus esfuerzos por continuar el trabajo en el taller, no se sostiene en pie. Jesús llama rápidamente a María, y entre los dos lo toman y lo llevan a su cama. Jesús permanece siempre a su lado. José vuelve por fin en sí y lo primero que hace es mirar a su esposa. Lamenta que se esté acercando el momento en que la tiene que dejar. Y en su cabeza quizá rememora aquel otro instante en que temía no volver a verla jamás.

Ver con los ojos de Dios

Había ocurrido poco después de los desposorios. María se disponía a visitar a su pariente Isabel, que estaba esperando un hijo. José se quedaría en Nazaret, preparando la casa en la que iban a vivir. Hasta ese momento, sabemos poco de él. Tendría una vida normal. El Evangelio nos ofrece algunos datos: era de la casa de David y estaba desposado con una virgen que se llamaba María (cfr. Lc 1,27). Y también nos da un detalle sobre su modo de ser: era un hombre justo (cfr. Mt 1,19). Esto era lo que distinguía a José. Era joven y ya era conocido como alguien justo; había descubierto el valor que tiene la ley de Dios para orientar su propia vida. Se esforzaba para que su obrar y su manera de pensar y comprender la realidad se adecuaran a lo que el Señor tenía pensado para el hombre y para el mundo. Había aprendido que fiarse de Dios es construir la vida sobre cimientos sólidos. «Su cumplimiento de la voluntad de Dios no es rutinario ni formalista, sino espontáneo y profundo. La ley que vivía todo judío practicante no fue para él un simple código ni una recopilación fría de preceptos, sino expresión de la voluntad de Dios vivo. Por eso supo reconocer la voz del Señor cuando se le manifestó inesperada, sorprendente».

Un día su vida sufrió una sacudida cuando vio llegar a María después de haber visitado a Isabel. A la alegría por volverla a encontrar después de tanto tiempo, se mezcló una inquietud no pequeña: María estaba embarazada. No se explicaba lo que veía, pero como era justo y estaba cerca de Dios podemos suponer que trataba de ver las cosas con sus ojos. De algún modo, quizá fue capaz de percibir la presencia de Dios en María. Era consciente de que esa mujer era especial.

En cualquier caso, José se encontró en una situación en la que no sabía bien qué hacer. Por un lado, la ley le prohibía asumir sin más a un hijo que no era suyo; por otro, la pureza de María –de la que no dudaba– y el amor que tenía por ella le impedían denunciarla. Quizá se pasaría horas y horas dando vueltas a una posible solución, hasta que pareció dar con una: «Pensó repudiarla en secreto» (Mt 1,19). Tal vez su idea era marcharse sin que nadie lo supiese y así sería él el que quedaba mal, y no María. Ya había tomado la decisión. Evidentemente, le costaría pensar que no volvería a ver a María, pero sabía que de este modo la dejarían tranquila. Y así fue como finalmente pudo conciliar el sueño.