-
AGRADAR A DIOS
Cuando Dios parece demasiado vulnerable
Diego Zalbidea
Puede suceder que esta forma de ser de Dios nos inquiete. Podemos pensar que ese silencio hace muy fácil que sus derechos sean pisoteados. Su estrategia nos parece demasiado arriesgada, parece como que lo hace demasiado vulnerable.
Efectivamente, Dios nos ha dado la libertad tan en serio que podemos realmente escoger nuestros caminos, tan distintos unos de otros, y tan distintos de los suyos. Pero si podemos llegar a ofenderle no es porque él sea demasiado susceptible. Al contrario, es muy confiado, muy libre en las relaciones que establece con nosotros. Puede parecer fácil pasar por encima del amor que Dios realmente merece, pero eso sucede porque, como decía san Josemaría, él ha querido poner su corazón en el suelo para que nosotros pisemos blando. El Señor no sufre ni se siente ofendido por lo que el pecado supone para él, sino por el daño que nos hace a nosotros mismos. Por eso, a las mujeres que lloraban camino al Calvario, Jesús les advierte: «No lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 23,28-31).
Sin embargo, lo más sorprendente es que el Señor no se queja, no se enfada, no se cansa. Incluso si alguna vez le hemos dejado poco espacio en nuestro corazón, no se aleja dando un portazo. Dios siempre se queda cerca, sin hacer ruido, como oculto en los sacramentos, con la esperanza de que volvamos cuanto antes a permitirle hospedarse en nuestra alma.
Es verdad que, como Jesús nos ofrece una y otra vez su amor, podemos llegar a fallarle muchas veces, y a abusar de esa confianza. Pero a él no le preocupa lo inmensa que sea la llaga de su corazón si eso la convierte en la puerta para que entremos y descansemos en su amor. Dios no es ingenuo y, por eso, nos ha dicho que se presta a sufrir de mil amores: «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,30). A los hombres, sin embargo, tanta bondad nos puede sobrepasar. Podemos, incluso inconscientemente, reaccionar con cierto descreimiento. Podemos no llegar a comprender la verdadera magnitud de ese regalo. Es verdad: a veces los hombres «rompen el yugo suave, arrojan de sí su carga, maravillosa carga de santidad y de justicia, de gracia, de amor y de paz. Rabian ante el amor, se ríen de la bondad inerme de un Dios que renuncia al uso de sus legiones de ángeles para defenderse».
La cercanía de la Confesión
Volvamos a la escena del Templo, donde habían tendido esa trampa a Jesús. Es cierto que, aunque aquella mujer no se había respetado a sí misma, sus acusadores no habían sido capaces de reconocer en ella a una hija de Dios. Pero Cristo la mira de otra forma. ¡Qué diferencia entre la mirada de Jesús y la nuestra! «A mí, a ti, a cada uno de nosotros, Él nos dice hoy: “Te amo y siempre te amaré, eres precioso a mis ojos”». Santa Teresa de Jesús experimentó con frecuencia esa mirada divina: «Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuán sabrosos y cuán deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama, y Vos, bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que una sola vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio». La mirada de Cristo no es candorosa, sino profunda; y, por eso mismo, es comprensiva, está llena de futuro. «Oye cómo fuiste amado cuando no eras amable; oye cómo fuiste amado cuando eras torpe y feo; antes, en fin, de que hubiera en ti cosa digna de amor. Fuiste amado primero para que te hicieras digno de ser amado».
En el sacramento de la Confesión comprobamos que a Jesús le basta el arrepentimiento para ver que lo amamos. Le bastó el de Pedro y le basta el nuestro: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). Al acercarnos al confesionario, con las palabras y gestos que dan forma al sacramento estamos diciendo a Jesús: «Te he ofendido de nuevo, he vuelto a buscar la felicidad fuera de ti, he despreciado tu cariño, pero Señor, sabes que te quiero». Entonces escuchamos nítidamente, como lo hizo aquella mujer: «Tampoco yo te condeno» (Jn 8,11). Y nos llenamos de paz. Si a veces podemos pensar que Dios ha tomado pocas precauciones para evitar que lo ofendamos, todavía más fácil nos lo ha puesto para ser perdonados por él.