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26 mayo 2027

DE LA ORACIÓN A LA VIDA, Y DE LA VIDA A LA ORACIÓN

DE LA ORACIÓN A LA VIDA, Y DE LA VIDA A LA ORACIÓN (1 de 5)
Lucas Buch

«Cada día veo más claro lo cerca que está Jesús de mí en todos los momentos, le contaría detalles pequeñitos pero constantes, que ya ni me asombran, sino que se los agradezco y los espero constantemente». La carta de la beata Guadalupe a la que pertenecen estas líneas debió de suponer, en su sencillez, una gran alegría para su destinatario, san Josemaría. Aunque Guadalupe llevaba apenas dos años en el Opus Dei, estas palabras son un testimonio de cómo la vida de piedad que había emprendido miraba precisamente a facilitar una continua presencia de Dios, para «hacer de nuestra vida corriente una continua oración».

La doctrina es evangélica. Jesús habló a sus discípulos en distintos modos sobre «la necesidad de orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1). En muchas ocasiones lo vemos dirigirse a su Padre a lo largo del día, como ante la tumba de Lázaro (cfr. Jn 11,41−42) o cuando los apóstoles regresan de su primera misión, llenos de alegría (cfr. Mt 11,25−26). Ya resucitado, el Señor se acerca a sus discípulos en muy variadas circunstancias: cuando se alejan llenos de tristeza, camino de Emaús; cuando están llenos de miedo, en el Cenáculo; cuando vuelven al trabajo, en el mar de Galilea… E incluso durante los instantes antes de volver junto a su Padre, Jesús les asegura: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Los primeros cristianos eran muy conscientes de esa cercanía. Aprendieron a hacerlo todo para la gloria de Dios, como escribía san Pablo a los Romanos: «Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor; porque vivamos o muramos, somos del Señor» (Rm 14,8−10; cfr. 1 Co 10,31). ¿Y nosotros? En un mundo tan acelerado como el nuestro, tan lleno de cosas por hacer, de fechas de entrega, de tráfico y de ruido, ¿es posible mantener constantemente nuestra «conversación en los cielos»?