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DESEAR VER A DIOS (1 de 2)
La alegría de alegrar al Señor
Eduardo Baura
Ante la sorprendente declaración del jefe de los publicanos, quizá alguno de los comensales piensa que lo que acaba de decir no responde a la lógica humana. Pero Jesús, emocionado, afirma: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también este es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Mt 19,9-10).
La respuesta del Señor no ha sido una constatación fría de un hecho. Jesús es verdadero hombre y, como tal, tiene sentimientos. En varias ocasiones los Evangelios se detienen a describirlos: se compadece ante la muchedumbre que está como ovejas sin pastor (cfr. Mt 9,36), se indigna ante los mercaderes que negocian en el templo (cfr. Jn 2,14.17), se duele ante la desgracia de la viuda que ha perdido su único hijo (cfr. Lc 7,11-17), se emociona ante aquella otra que echa en la hucha del Templo sus dos monedas (cfr. Mc 12,41-44), llora la muerte de su amigo Lázaro (cfr. Jn 11,35).
También en esta ocasión Jesús tuvo que conmoverse profundamente. El Señor vio el cambio de vida de Zaqueo y su generosidad, pero vio también cómo había actuado el Espíritu Santo en el alma de ese pecador. Si Zaqueo es capaz de formular un propósito así es porque el Paráclito se lo ha inspirado. Jesús ve la maravilla de la acción divina que impulsa y ayuda al hombre, respetando su naturaleza libre. Parece que la iniciativa es del hombre, que decide convertirse, pero en realidad era previa la llamada divina a la conversión; era previo ese trabajo silencioso del Espíritu Santo en el alma de Zaqueo, que lo impulsaba a trepar al árbol.
Jesús, que ve todo esto, se alegra mucho. Tuvo que notarse en su rostro, en el timbre de su voz, en sus ojos que brillaban por la emoción. Y eso lo percibió Zaqueo. A la alegría de haber visto a Jesús, de haberlo escuchado, de haber comprobado cómo le tomaba en consideración hasta el punto de entrar en su casa, se suma ahora la alegría de haber sido capaz de alegrar al Señor. Alegrar a Dios y alegrarse con Dios. ¿Qué más se puede pedir?