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24 mayo 2027

RETROSPECTIVA DE UNA VIDA. «Ministro de la salvación»

RETROSPECTIVA DE UNA VIDA (4 de 4)
«Ministro de la salvación»
José María Álvarez de Toledo

En esos últimos momentos de José, podemos suponer que Jesús y María están atentos a todo lo que él pueda necesitar. La Virgen le prepara algo para que recupere las fuerzas, pero es inútil: su esposo apenas puede probar bocado. Jesús, mientras, le da las gracias por lo buen padre que ha sido y por todo lo que ha aprendido de él. Juntos recuerdan aquel primer día en el taller, esas conversaciones camino a la sinagoga, los viajes a Jerusalén… José se va sintiendo más débil, pero nota que el dolor se le va pasando gracias al cuidado de Jesús y María. No puede imaginarse un final más feliz, rodeado de las dos personas que más quiere en el mundo. Por ellas se había desvivido en los momentos más difíciles y también en la normalidad de los años en Nazaret.

Después de un sinfín de idas y venidas, la Sagrada Familia se había instalado por fin en la ciudad de Nazaret. «Ahí el niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él» (Lc 2,40). No tenemos muchas más noticias de José en ese período. Fueron años en los que siguió cumpliendo su misión. Ya no se dedicará a proteger al niño y a María de grandes peligros; lo suyo será entonces un cuidado más corriente, como el de cualquier padre de la época. Trabajaría duro para conseguir un sustento que mantuviese el hogar, al mismo tiempo que se ocuparía de la educación de Jesús.

¿Qué podía aprender el Hijo de Dios de un carpintero? En esos años de vida oculta, José enseñó a Jesús a ser obediente a sus padres, siguiendo el mandamiento de Dios. Jesús niño aprendió de su padre en la tierra a acoger. José no fue un hombre que se resignó ante lo que ocurría, sino que acogió esa vida que Dios le había ofrecido, aunque se alejase de los planes que había previsto. «Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. Si no nos reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes decepciones».

Como casi cualquier hijo, Jesús aprendió lo que es el amor en su propio hogar. José no tuvo deseos de dominio, sino que le dejó libre para amar, capaz de elegir. El suyo no fue un amor que sofocara, sino que supo poner en el centro de su vida a Jesús y a María. Amaba y respetaba a los dos tal como eran.

Todo esto muestra que José «ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro de la salvación”».
* * *
Vuelven los dolores de José en las últimas horas antes de la muerte. Ante su inminencia, no puede evitar cierto temor, pero no tanto a morir como a tener que dejar a Jesús y a María. Y mirando a los dos, el santo Patriarca exhala su último aliento. María y Jesús amortajan el cuerpo de José y lo ungen con aromas. Acompañados por amigos y vecinos, le llevan al sepulcro. Al concluir las exequias, el cortejo fúnebre vuelve a la sencilla casa de Nazaret. Allí espera, llena de dolor, la Virgen María, que solo encuentra consuelo en los brazos de su hijo.