-
PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (2 de 6)
Un Dios salvador, que ama la libertad
José Ignacio Murillo
Los primeros cristianos tenían una profunda y exultante conciencia de libertad. Jesús era para ellos el Salvador. No los había liberado de un yugo para imponerles otro distinto, sino que había roto todas las ataduras que les impedían llevar una vida plena. Esta plenitud que ahora se les presentaba como posible se revela en la alegría que rezumaban sus vidas. «Estad siempre alegres —exhorta Pablo—, orad sin cesar, dad gracias por todo; esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús» (1 Tes 5,16-18).
En el principio, Dios crea al hombre como señor de lo creado. «El Artífice sumo fabricó nuestra naturaleza como una especie de instrumento, apto para el ejercicio de la realeza; y para que el hombre fuera completamente idóneo para ello, le dotó no solo de excelencias en cuanto al alma, sino en la misma figura del cuerpo. Y es así que el alma pone de manifiesto su excelsa dignidad regia (…) por el hecho de no reconocer a nadie por señor y hacerlo todo por su propio arbitrio. Ella, por su propio querer, como dueña de sí, se gobierna a sí misma. ¿Y de quién otro, fuera del rey, es propio semejante atributo?».
Por el pecado el hombre se ve reducido a la esclavitud, pero Dios le levanta con la esperanza de una salvación futura (cfr. Gn 3,15). Este deseo de redimirnos se manifiesta, por ejemplo, cuando libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto y le promete una tierra, que deberá conquistar, pero que será ante todo la tierra prometida: un don de Dios donde podrá rendirle culto con libertad. «Yo soy el Señor, tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de la esclavitud» (Ex 20,2). Y añade: «No tendrás otro dios fuera de mí» (Ex 20,3). Es precisamente así como Dios presenta a su pueblo los mandamientos del decálogo, como las condiciones para que sea verdaderamente libre y no recaiga de nuevo en la servidumbre. Dios no busca imponerse como un tirano, sino poner a su pueblo en condiciones de aceptarle libremente como Señor.
Esta apuesta de Dios por la libertad se entiende si el primer mandamiento, del que, según Jesucristo, penden la ley y los profetas (cfr. Mt 22,40) no es otro que el amor: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (cfr. Mt 22,37-39). Porque este no es un precepto cualquiera. Otras cosas se pueden imperar e imponer mediante la fuerza y la coacción, pero el amor no se puede reclamar así. Dios lo requiere, como un amante, solo después de haber manifestado el amor que abriga hacia su pueblo, solo tras haber mostrado de numerosas formas su cariño y su cuidado. Y es que al amor verdadero solo se puede invitar; hay que ganárselo, porque solo puede ser fruto de la libertad.