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Los sacramentos cotidianos
Diego Zalbidea
Hay un gran revuelo en las cercanías del Templo de Jerusalén. Un grupo de hombres trae a empujones a una mujer sorprendida con un hombre que no era su marido. En realidad la arrastran hasta allí para tender a Jesús una emboscada: «Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices?» (Jn 8,5). Es fácil imaginar el dolor de Cristo pensando en el sufrimiento de la pobre mujer y en la ceguera de esos hombres: ¡Qué poco conocen a su Padre Dios! En el fondo no les interesa la respuesta. Aquellos hombres, utilizando las leyes de Dios, quieren una justificación a una sentencia que ya han dictado. Por eso no serán capaces de entender ese primer gesto, lleno de elocuencia, que el Señor les ofrece: «Jesús se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra» (Jn 8,6). Ante la insistencia de estos hombres, Jesús se incorpora y, con claridad, les dice: «El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero» (Jn 8,7). Y de nuevo vuelve a inclinarse y a escribir en el polvo bajo sus pies.
Discretas acciones y gestos
Jesús se pone de pie para hablar públicamente, pero su verdadera respuesta parece querer darla inclinado en el suelo. Esa suele ser la forma en la que se comunica con nosotros: agachado, escondido, como ocultando su divinidad en discretas acciones y pequeños gestos. A veces nos cuesta valorar lo que está escrito en la tierra; no somos capaces de reconocer a Dios ahí. Y también aquel día la cosa pasó tan desapercibida que el evangelista no nos ha contado ni siquiera lo que Jesús escribió. El Hijo de Dios aparece en la escena como lo hace también en nuestra vida: sin imponer su presencia, ni su opinión; sin especificar ni siquiera una correcta interpretación de la ley de Moisés, tal como le pedían. Jesús «no cambió la historia constriñendo a alguien o a fuerza de palabras, sino con el don de su vida. No esperó a que fuéramos buenos para amarnos, sino que se dio a nosotros gratuitamente. Y la santidad no es sino custodiar esta gratuidad».
Quizá muchas veces nos hemos preguntado por qué Dios no se manifiesta más claramente, por qué no habla más alto. A lo mejor incluso hemos querido rebelarnos ante esta forma suya de ser e ingenuamente hemos buscado corregirla. Benedicto XVI nos prevenía ante esta tentación, que se repite una y otra vez a lo largo de la historia: «Cansado de un camino con un Dios invisible, ahora que Moisés, el mediador, ha desaparecido, el pueblo pide una presencia tangible, palpable, del Señor, y encuentra en el becerro de metal fundido hecho por Aarón un dios que se hace accesible, manipulable, a la mano del hombre. Esta es una tentación constante en el camino de la fe: eludir el misterio divino construyendo un dios comprensible, que corresponda a los propios esquemas, a los propios proyectos».
Deseamos no sucumbir a esa tentación. Nos gustaría maravillarnos y adorar al Dios escondido en las situaciones que vivimos cada día, en las personas que nos rodean, en los sacramentos a los que acudimos con frecuencia, como la Confesión y la Eucaristía. Queremos encontrar a Jesús en esta tierra nuestra donde escribe, con su propia mano, palabras de cariño y esperanza. Por eso le pedimos comprender sus razones para actuar de esa forma; le rogamos tener la sabiduría para valorar el misterio: su respeto exquisito de nuestra libertad.
En la escena evangélica vemos que Jesús no se enfada ni con la mujer que había pecado ni con los acusadores que le tienden una trampa. Se pone en medio de ambos y toma consigo las piedras, los gritos, la condena. Como en aquel pasaje del libro de los Reyes: Dios no está en el viento fuerte que parte las rocas, ni en el terremoto, ni en el fuego. Dios es un susurro de brisa suave. Ahí lo encontró Elías y ahí queremos descubrirlo nosotros (cfr. 1 R 19,11−13).