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19 mayo 2027

LAS DIFICULTADES EN LA ORACIÓN. Un empeño mayor que el nuestro

LAS DIFICULTADES EN LA ORACIÓN (5 de 5)
Un empeño mayor que el nuestro
Jon Borobia

Probablemente, las dificultades más graves para rezar tienen su origen en «las astucias del Tentador, que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios». Nuestro Señor fue tentado por el demonio al final de aquellos cuarenta días de retiro en el desierto, cuando sentía el hambre y la debilidad (Mt 4,3). Ordinariamente, el maligno aprovecha nuestras distracciones y pecados para introducir en el alma la desconfianza, la desesperanza y la renuncia al amor. Por el contrario, como aparece constantemente en el Evangelio, nuestra debilidad es en realidad un motivo para acercarnos aún más al Señor. De hecho, «a medida que se avanza en la vida interior, se perciben con más claridad los defectos personales»; pero pueden convertirse en algo que nos une más a Dios.

No es esa, claro, la lógica del demonio. Sugestionándonos con aparentes sentimientos de humildad, el demonio puede hacernos creer que somos indignos de tratar a Dios, que nuestros deseos de entrega son ficticios y que en realidad esconden hipocresía y falta de determinación. «¿Piensas que tus pecados son muchos, que el Señor no podrá oírte?». La conciencia de nuestra indignidad puede provocar entonces un sufrimiento real, pero equivocado, que poco tiene que ver con el dolor verdadero, y que puede encerrarnos en una actitud quejumbrosa, hasta imposibilitar incluso la oración. Por supuesto que la tibieza y los pecados pueden ser un obstáculo para la oración, pero no en ese sentido. El Señor no deja de amarnos por grandes que sean nuestras flaquezas. No le asustan, ni le sorprenden, y no renuncia a su deseo de que alcancemos la santidad. Aunque llegásemos deliberadamente a pactar con la rutina, con el conformismo o con la tibieza, Dios no dejaría de esperar nuestro retorno.

Pero el enemigo también puede tentar «incluso cuando el alma arde encendida en el amor de Dios. Sabe que entonces la caída es más difícil, pero que —si consigue que la criatura ofenda a su Señor, aunque sea en poco— podrá lanzar sobre aquella conciencia la grave tentación de la desesperanza». Para protegernos de esta artimaña, para mantener viva la esperanza en todo momento, es necesario ser realistas: admitir nuestra poquedad, caer en la cuenta de que quizá nuestra idea de santidad es demasiado nuestra. Necesitamos advertir que lo único importante es agradar a Dios, y, sobre todo, que lo realmente decisivo es lo que obra el Señor con su amor poderoso, contando tanto con nuestra lucha como con nuestra flaqueza.

La esperanza cristiana no es una esperanza simplemente humana, basada en nuestras fuerzas, o en una intuición natural sobre la bondad del Creador. La esperanza es un don que nos excede, que el Espíritu Santo infunde y renueva constantemente en nosotros. Por eso, en los momentos de desaliento, «es la hora de clamar: acuérdate de las promesas que me has hecho, para llenarme de esperanza: esto me consuela en mi nada, y llena mi vivir de fortaleza» (Sal 118, 49−50). Es Dios quien nos ha llamado. Es Dios quien está empeñado, más que nosotros, en llevarnos a la unión con él y quien tiene el poder para conseguirlo.

Cuando la oscuridad es luz

A lo largo de la vida, como en todas las relaciones duraderas, el Señor nos va enseñando a entenderle cada vez mejor y a entendernos a nosotros mismos de manera nueva. La relación de Pedro con Jesús cambia mucho desde el principio, en su primer encuentro en las cercanías del Jordán, hasta después de su muerte y resurrección, en la orilla del lago de Genesaret. También ocurre así con nosotros. No debería extrañarnos que el Señor nos lleve por caminos divinos que no son los que teníamos pensados. A veces se esconde, aunque vayamos a buscarle con sincera piedad, como cuando no lo encontraron las mujeres que fueron al sepulcro (Lc 24,3). Otras veces, en cambio, se hace presente cuando estamos encerrados en nosotros mismos, como cuando se presentó a los apóstoles en el cenáculo (Lc 24,36), o a los discípulos en el camino de Emaús (Lc 24,13−35). Si mantenemos la confianza, cuando pase el tiempo, descubriremos que aquella oscuridad era en realidad luminosa: que Cristo mismo nos abrazaba solícitamente —«no temas», nos repetía— en aquellos momentos en los que nos estaba forjando el corazón a la medida del suyo.