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18 mayo 2027

DESEAR VER A DIOS. Una decisión de amor

DESEAR VER A DIOS (1 de 2)
Una decisión de amor
Eduardo Baura

Zaqueo siente un profundo agradecimiento a Jesús. Tan clara es la verdad, tan amable ha sido el Señor que se ha dignado a entrar en su casa, incluso sin que se lo pidiese, que Zaqueo siente en su interior una profunda sacudida. Es el momento de la conversión. Y en ese ambiente de alegría, declara: «Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres y, si en algo he defraudado a alguno, le restituyo el cuádruplo» (Lc 19,8).

Nadie le había pedido un acto de generosidad tan grande. Lo decide así porque quiere. No se siente coaccionado: es él quien libremente toma esa decisión. No piensa que está haciendo algo contrario a lo que realmente le gustaría. Él, acostumbrado a hacer cómputos económicos, no se para en cálculos mezquinos porque no se siente en la obligación de responder a una demanda, sino que sencillamente toma una iniciativa. Y lo que decide no le parece heroico, porque está admirado de la bondad del Señor y, por tanto, todo le parece poco. No se propone dar algo, sino darse, porque lo que ha decidido es amar, es decir, corresponder al amor del Señor. Zaqueo, más que generoso, ha empezado sencillamente a vivir de amor.

«Libremente, sin coacción alguna, porque me da la gana, me decido por Dios. Y me comprometo a servir, a convertir mi existencia en una entrega a los demás por amor a mi Señor Jesús». Es evidente que un acto de esta naturaleza solo se puede hacer si se está contento de hacerlo: Zaqueo lo hace porque está alegre, agradecido y admirado, y hacerlo le llena de una felicidad mucho más grande de la que había obtenido solo con las riquezas. Con razón se ha dicho que la alegría «no es una virtud distinta de la caridad, sino cierto acto y efecto suyo». Por eso, sabernos libres para amar «nos lleva a experimentar en el alma la alegría, y con ella el buen humor». Quienes han hecho la elección de entregarse están alegres: «La palabra “feliz” o “bienaventurado”, pasa a ser sinónimo de “santo”, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha».