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17 mayo 2027

RETROSPECTIVA DE UNA VIDA. Un bien inmenso

RETROSPECTIVA DE UNA VIDA (3 de 4)
Un bien inmenso
José María Álvarez de Toledo

José todavía recuerda la alegría que sintió después de aquel sueño. María tampoco se olvida del momento en que él la recibió por esposa y tuvieron que afrontar ese viaje improvisado a Belén. Entre los dos se ponen a rememorar los detalles de esa travesía: cuando se quedaron sin sitio en la posada, el establo en el que pasaron la noche, los pastores y esos sabios de Oriente que vinieron a adorar al Niño… Imaginemos que, en ese momento, entra Jesús en la habitación. José y María lo miran, y no pueden evitar acordarse también de esos instantes de angustia, cuando pensaron que su vida corría serio peligro.

Había sido una noche especial. Una caravana de camellos se había presentado en el portal. Tres hombres que parecían importantes se habían postrado delante del Niño y le habían ofrecido tres valiosos presentes: oro, incienso y mirra. José estaría dando vueltas a los acontecimientos de los últimos días hasta que fue vencido por el sueño. Entonces volvió a ocurrir una escena que ya le era familiar:

«Un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”» (Mt 2,13).

Las impresiones, sin embargo, eran distintas. Si después de la primera aparición del ángel José se había despertado lleno de paz, sabiendo que no tenía que dejar a María, en esta ocasión se levantó con miedo. La vida de Jesús estaba amenazada y no había tiempo que perder. Sin reparar en lo intempestivo de la hora, ni en la fatiga después de toda una jornada intensa, «se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y huyó a Egipto» (Mt 2,14).

José no se concedería ningún descanso hasta que lograra llegar a una zona segura. Sabía que lo que estaba haciendo era parte de esa misión que se le había confiado. En cierto modo, era consecuencia de su sí a Dios. Lejos de frustrarse, José sabía que el Señor no premia con una vida cómoda; lo que promete es una vida capaz de realizar un bien inmenso a los que son capaces de sufrir por un amor que vale la pena. Pero José no se limitó simplemente a resistir las contrariedades que se fueron presentando. Lo hizo con alegría, pues sabía que estaba llevando a cabo una misión buena, que Dios le había encomendado. Fue ese sentirse elegido para cuidar de la Virgen y el Niño lo que le hizo afrontar el cansancio y los imprevistos con una esperanza y una felicidad renovadas. Él mismo experimentaba que «darse sinceramente a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría».