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12 mayo 2027

LAS DIFICULTADES EN LA ORACIÓN. Regalar a Dios nuestras dificultades

LAS DIFICULTADES EN LA ORACIÓN (4 de 5)
Regalar a Dios nuestras dificultades
Jon Borobia

«¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración!...”, está seguro de que has empezado a hacerla». Como hizo con los apóstoles, el Señor nos va enseñando poco a poco a crecer en esas actitudes íntimas, si no nos escondemos en el monólogo interior ni en una oración anónima, ajena a nuestros deseos y preocupaciones reales.

Como les ocurría a los discípulos de la primera hora, nuestra relación con el Señor avanza en medio de las propias debilidades. La falta de tiempo, las distracciones, el cansancio o la rutina son habituales en la oración, de modo similar a como se dan también en las relaciones humanas. A veces esto exige cuidar el orden, vencer la pereza, situar lo importante por encima de lo urgente. Otras veces requiere realismo para ajustar con finura los momentos dedicados al Señor, como tiene que hacer una madre de familia que no puede desentenderse de sus hijos pequeños en ningún momento. Sabemos que, en ocasiones, «en la oración hace falta una atención difícil de encauzar». Nos dispersan las preocupaciones, las tareas pendientes, los estímulos de las pantallas. Y nuestro propio mundo interior que se alborota, con las heridas del amor propio, las comparaciones, los sueños y fantasías, los resentimientos o los recuerdos de cualquier clase. Podemos experimentar que, a pesar de sabernos en la presencia de Dios, «bullen en la cabeza los asuntos en los momentos más inoportunos».

Nos afecta también, como es lógico, el cansancio físico: «El trabajo rinde tu cuerpo y no puedes hacer oración». Nos puede servir de consuelo recordar que la fatiga también adormeció a los apóstoles en la gloria del Tabor (Lc 9,32) o en la angustia de Getsemaní (Lc 22,45). También cuando, además del cansancio físico, nos asalte ese cansancio interior, frecuente en el mundo contemporáneo, que nace de la ansiedad en las tareas, de la presión en la profesión y en las relaciones sociales, o de la incertidumbre ante el futuro…

El Señor entiende bien, y mucho mejor que nosotros, esas dificultades. Por eso, aunque nos hagan sufrir, porque desearíamos un trato más delicado con él, muchas veces «no importa si (...) no consigues concentrarte y recogerte». Podemos intentar hablar con Jesús precisamente de esos asuntos, noticias, personas o recuerdos que ocupan nuestra imaginación. A Dios le interesa todo lo nuestro, por trivial o insignificante que parezca. Y, con frecuencia, hablar estas cosas con él nos ayudará a valorar los asuntos, las personas o las reacciones de otro modo, con sentido sobrenatural, desde la caridad. Así como hacen los niños en brazos de su madre, podemos descansar en él, entregarle nuestro aturdimiento, refugiarnos en su corazón para alcanzar la paz.