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DESEAR VER A DIOS (1 de 2)
Una mirada sin prejuicios
Eduardo Baura
Jesús, al llegar al sicómoro, levanta los ojos y dirige su mirada hacia el publicano. Zaqueo se fija en los ojos del Maestro. Ya no era simplemente contemplarle desde el árbol, como a un objeto de estudio, sino un mirarse mutuamente. Quizá entre los que formaban la comitiva alguno ironiza sobre la actitud de este personaje: «Mirad, este es Zaqueo, todo un jefe de los publicanos, trepando por un árbol como un niño». Pero Cristo no entiende de etiquetas. No ve en Zaqueo un traidor, sino un alma sedienta de Dios. Y por eso pone sus ojos en él. «Esta mirada de Jesús que es hermosa, que ve al otro, sea quien sea, como un destinatario de amor, es el inicio de la pasión evangelizadora». Zaqueo, a quien no le importa lo que piensen los demás, se siente mirado por Jesús. No tiene miedo a que el Señor vea el interior de su alma. Zaqueo, entonces, es un alma que quiere hacer oración: mirarse a sí mismo a través de los ojos misericordiosos de Jesús. Es el inicio de su conversión.
Asombrado ante la mirada de Jesús, Zaqueo oye las siguientes palabras: «Date prisa y baja, porque es necesario que hoy me aloje en tu casa» (Lc 19,5). Sus expectativas habían sido superadas. Pocos minutos antes se conformaba con ver al Maestro; jamás se habría imaginado que Jesús se detuviese, le mirara a los ojos y pronunciase su propio nombre. Pero la dicha va más allá todavía: ¡le pide alojamiento en su casa! «Cristo ve nuestras necesidades con una sabiduría divina, y con su omnipotencia puede y llega más lejos que nuestros deseos. ¡El Señor ve más allá de nuestra pobre lógica y es infinitamente generoso!». Sabe del afán perseverante de Zaqueo por verle y por eso él mismo se deja ver. Pero no se queda en eso: le mira, le llama y le dice que quiere entrar en su casa. A Jesús le basta el deseo sincero de un alma por buscarle para acercarse a ella:
«¿Dónde está tu deseo de Dios? Porque la fe es eso: tener el deseo de hallar a Dios, de encontrarlo, de estar con él, de ser felices con él».
La respuesta de Zaqueo a la petición de Jesús no se hace esperar. Baja del árbol todo lo rápido que puede y recibe al Señor en su casa «con alegría» (Lc 19,6). Esa felicidad es la reacción lógica después haber deseado intensamente la cercanía del Señor. ¡Cómo se esmeraría en agasajarle! Tendría las manifestaciones de respeto y de agradecimiento que ayudan a crear un ambiente de cordialidad y de regocijo. Estaría también pendiente de las palabras que pronunciaría el Maestro. Y es que solo el que busca la verdad es capaz de aceptar las enseñanzas del Señor y confrontarlas con su vida. En cambio, quienes se mueven con esquemas preconcebidos, como algunos judíos de la época, solo se fijan que Jesús ha hecho algo imperdonable: entrar en la casa de un jefe de publicanos. Por eso todos empiezan a murmurar entre sí (cfr. Lc 19,7). «Dios no se deja condicionar por nuestros prejuicios humanos, sino que ve en cada uno un alma que es preciso salvar, y le atraen especialmente aquellas almas a las que se considera perdidas y que así lo piensan ellas mismas. Jesucristo, encarnación de Dios, demostró esta inmensa misericordia, que no quita nada a la gravedad del pecado, sino que busca siempre salvar al pecador, ofrecerle la posibilidad de rescatarse, de volver a comenzar, de convertirse».