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ENTRAR EN LA VIDA (1 de 4)
El joven rico
Luis Miguel Bravo Álvarez
La vida no es una película. No hay un director que se ocupe de decir a los actores lo que tienen que hacer, o que gira la trama para ajustarla al final que desea. Dios quiere que nosotros seamos protagonistas de nuestra película. Por eso en el Evangelio tienen lugar sucesos que desconciertan. Aparecen personajes con historias que no son precisamente redondas, sino que acaban con un poso de amargura. Uno de ellos es el joven rico (cfr. Mc 10,17-31). Sin embargo, a través de la tristeza del relato Dios nos ofrece también motivos para la esperanza.
En busca de una respuesta
Seguramente venía siguiéndolo desde días atrás, observando en silencio. Pero esta vez ya no aguantó. Tuvo que ver tantas cosas en tan poco tiempo, que su corazón no pudo reprimir más el deseo de acercarse, de terminar de comprobar lo que desde hacía tiempo comenzaba a intuir.
Jesús se había vuelto a desplazar desde Galilea hacia Judea, al otro lado del Jordán. Y tal como era su costumbre, se puso a enseñar a la muchedumbre y a sanar a los enfermos que se acercaban. También muchas personas comenzaron a traerle unos niños para que los bendijera.
Quizá fue este derroche de cariño la gota que colmó el vaso de nuestro personaje. Nunca había visto tanta coherencia entre palabras y obras, tanto amor predicado y practicado. Tenía que hablar con él, pero se le acababan las oportunidades, porque no sabía si alguna otra vez lo tendría tan cerca. Así que, cuando vio que Jesús «salía para ponerse en camino, vino corriendo y se arrodilló delante de él» (Mc 10,17).
Se trataba de un joven distinguido, que era rico. Por sus palabras y actitudes podemos intuir, además, que estaba a la búsqueda del amor que diera sentido a todo lo que hacía. No es usual que alguien rico y distinguido se postre delante de otra persona. Pero la sed existencial que le consumía era tan abrasadora, que le importaban muy poco las formas o lo que otros pudieran pensar de él. Necesitaba una respuesta satisfactoria a la pregunta de su vida: «Maestro bueno, ¿qué puedo hacer para heredar la vida eterna?» (Lc 18,18). Ardía en deseos de encontrar lo verdaderamente bueno. Supo dar el primer paso: ponerse de rodillas delante de Dios. «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado» (Jn 17,3).
Es probable que la multitud allí presente se sorprendiera al contemplar la escena. Estarían expectantes por ver la reacción de Jesús ante semejante gesto de humildad. La primera réplica del Señor no pone el énfasis en lo que hace el hombre, sino en lo que hace su Padre: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios» (Lc 18,19). Es precisamente la bondad de Dios, no la del ser humano, la que abre las puertas. Es la gracia divina la que transforma y permite habitar en su casa. Pero vivir en la casa del Padre requiere, lógicamente, abrazar las reglas del hogar: «Si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,17).
La respuesta de Jesús no fue un descubrimiento, sino un recordatorio: «Ya conoces los mandamientos» (Lc 18,20). A nuestro afán por buscar respuestas originales, contesta señalándonos el camino que ya sabemos. Es como si el Señor nos indicara: «Lo que dije antes es lo que digo ahora». Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (cfr. Hb 13,8). A veces, podemos pensar que hace falta realizar algo extraordinario para dar con la felicidad. Sin embargo, el Señor nos muestra que la plenitud se encuentra de una manera más sencilla de lo que creemos. «Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba (…). Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo».