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UN VIAJE A LA VOLUNTAD DEL PADRE (1 de 4)
La Sagrada Familia en Jerusalén
Eduardo Baura
Viajar para un niño es sinónimo de aventura. Los días anteriores a la salida están marcados por la emoción de descubrir territorios inexplorados, o bien por las ganas de volver a ver un lugar asociado a gratos recuerdos. El trayecto de ida suele hacerse más bien largo. Los minutos pasan lentamente, al ritmo de continuos «¿cuánto falta?» dirigidos a sus padres. Apenas logra dormirse un rato, hasta que finalmente oye un «¡ya estamos llegando!» que le despierta y le hace estar bien atento a todo lo que ve pasar. Después, las jornadas pasan más rápido de lo que uno desea, y casi sin darse cuenta se halla otra vez haciendo las maletas y emprendiendo el viaje de regreso a casa.
La ilusión de Jesús
Podemos suponer que el niño Jesús también experimentó esta misma sensación que tantos hemos tenido. La ley del pueblo judío establecía que todo varón del pueblo de Israel acudiese a Jerusalén tres veces al año, pero la interpretación común de los doctores permitía reducir a una las visitas anuales para quienes residiesen fuera de Judea. El precepto no obligaba a las mujeres ni a los niños menores de trece años, pero sabemos que la Sagrada Familia iba «todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua» (Lc 2,41).
Ese viaje era un acontecimiento que rompía la rutina de la vida en Nazaret. Aquellos eran días muy especiales: el viaje en caravana hacia Judea, el paso por los pueblos, el encuentro con parientes, la vista de las murallas de la Ciudad Santa a lo lejos... María y José quizá entretenían al niño explicando las tradiciones de su pueblo y contando historias de sus antepasados. Al divisar la ciudad de David los peregrinos se llenaban de emoción y surgía espontáneo el canto del salmo: «¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén» (Sal 122,1-2). Podemos pensar que Cristo no solo participaba de esa emoción, sino que la viviría de un modo especialmente intenso.
Así fue también cuando Jesús había cumplido ya doce años. Aunque había crecido mucho y estaba llegando al final de la etapa de la infancia, todavía era un niño. En cualquier caso, por el curso que tomará el relato, es fácil pensar que Jesús había esperado con gran ilusión ese momento. Intentaría combatir la monotonía de la caravana yendo de grupo en grupo, como cualquier chico de su edad, inventándose algunos juegos con sus amigos. Al final del día se reuniría con sus padres para descansar en un ambiente de mayor intimidad. Y así hasta que finalmente llegaron a Jerusalén, que despertaría en él el deseo de descubrir nuevos rincones.
Como de costumbre, los días pasaron increíblemente rápido: llegaba el momento de volver a casa. Mientras se ultiman los preparativos se suceden las despedidas –«¡buen viaje!», «¡hasta el año que viene!»– y los peregrinos emprenden el trayecto de retorno. En alguna ocasión todos habremos vivido de primera mano el caos que puede rodear el comienzo de un viaje: prisas por salir cuanto antes, problemas para meter todo el equipaje, opiniones sobre cuál es la ruta más rápida, imprevistos de última hora… Pues un clima similar debía de reinar en aquellos instantes en muchas callejuelas de la ciudad santa. Podemos imaginarnos que Jesús, en medio de ese ambiente, se aleja tranquilamente sin que nadie lo note: desea cumplir la voluntad de su Padre.