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28 abril 2027

LAS DIFICULTADES EN LA ORACIÓN. Más fuerte que cualquier duda

LAS DIFICULTADES EN LA ORACIÓN (2 de 5)
Más fuerte que cualquier duda
Jon Borobia

La oración, mientras estemos en la tierra, es un combate. Resulta dramático que los deseos más nobles del corazón humano —como vivir en comunicación con nuestro propio Creador— hayan sido desfigurados y desviados por el pecado. Nuestros anhelos de amistad, amor, belleza, verdad, felicidad o paz están unidos, en nuestra situación actual, al esfuerzo por superar errores, a la dificultad para vencer algunas resistencias. Y esa condición general de la vida humana se da también en la relación con el Señor.

En los inicios de la vida de piedad, muchos se asustan porque piensan que no saben hacer oración, o se confunden ante los fracasos, las inconstancias y el desorden que pueden acompañar el inicio de cualquier tarea. Intuyen que acercarse al Señor significa «toparse con su Cruz», y temen también que, con el pasar de los años, el Señor permita pruebas y oscuridades que exijan más de lo que pueden ofrecer. O prevén con aprensión la posibilidad de que los invada la rutina y, al final, tengan que conformarse con una mediocre relación con Dios.

«No temas». Estas palabras que escucharon Zacarías, José, los pastores, Pedro, Juan, Santiago y tantos otros también se dirigen a cada uno de nosotros a lo largo de toda nuestra vida. Nos recuerdan que, en la vida de la gracia, lo decisivo no es lo que hacemos sino lo que obra el Señor. «La oración es una tarea conjunta de Jesucristo y de cada uno de nosotros» en la que el protagonista principal no es la criatura, que procura estar atenta a la acción de Dios, sino el Señor y su acción en el alma. Esto lo entendemos con facilidad cuando Dios nos abre nuevos horizontes, cuando despierta sentimientos de agradecimiento o nos invita a emprender senderos de santidad… Pero esa misma confianza debería continuar presente cuando aparecen las dificultades, cuando sentimos nuestra pequeñez y parece que se cierra la oscuridad a nuestro alrededor.

«Soy yo, no temáis». Jesús, así como entendía las dificultades, confusiones, miedos y dudas de aquellos que querían seguirle, lo sigue haciendo con cada uno de nosotros. Nuestro empeño por vivir a su lado es siempre menor que el suyo por tenernos cerca. Es él quien está empeñado en que seamos felices y es lo suficientemente fuerte para lograr ese designio suyo, contando incluso con nuestras fragilidades. Por nuestra parte, tenemos que hacer lo posible por entrar en auténticos caminos de oración.