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27 abril 2027

ENTRAR EN LA VIDA. La promesa del Señor

ENTRAR EN LA VIDA (4 de 4)
La promesa del Señor
Luis Miguel Bravo Álvarez

Mientras Jesús lo veía marcharse, los que presenciaron la escena se quedaron en silencio. Los apóstoles, que habían escuchado ese mismo «sígueme», notaron con particular fuerza el dolor que traslucía el rostro del Maestro. Entonces se alegraron de haber dejado entrar a Jesús en sus vidas, de haberle dicho que sí. Y también eran testigos del gozo que le embargaba por la presencia continua de los Doce y de las santas mujeres.

Finalmente, cuando la figura del joven rico, cabizbajo y con paso doloroso, se perdió en lontananza, Jesús suspiró y dijo: «¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!» (Lc 18,24). El Señor no tiene nada contra los ricos; su lamento se dirige más bien a aquellos que creen que solo la abundancia de bienes puede dar la auténtica felicidad. «No consiste la verdadera pobreza en no tener, sino en estar desprendido: en renunciar voluntariamente al dominio sobre las cosas. Por eso hay pobres que realmente son ricos. Y al revés».

Pedro no pudo evitar intervenir. Ciertamente, los apóstoles no habían presenciado hasta ese momento un no tan rotundo a la llamada de Jesús. De hecho, habían visto lo contrario: personas que le habían manifestado su deseo de seguirlo a las que el Señor había invitado más bien a permanecer en su casa (cfr. Mc 5,19). Por eso, notando el contraste entre lo que el joven había hecho y lo que ellos mismos habían decidido, Pedro quiso saber cuál era la diferencia entre decir que sí y decir que no: «Ya ves que nosotros hemos dejado nuestras cosas y te hemos seguido. ¿Qué recompensa tendremos?» (Mt 19,27).

Entonces, Jesús dio una respuesta que ha movido corazones a lo largo de todos los siglos. Unas palabras que han consolado a los discípulos, que han sido el motor de las locuras de amor de los santos. Una promesa como la que el Señor hizo a Abraham, a quien pidió también abandonarlo todo, incluso a su propio hijo: «Todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna» (Mt 19,29).

La vida eterna. Justo lo que el joven rico buscaba. Al fin y al cabo, es a lo que aspiramos todos. Pero Jesús va más allá: nunca nadie podrá tener sueños más grandes que los de Dios. Nuestras más altas aspiraciones y anhelos se quedan muy cortos respecto a lo que el Señor nos quiere dar. Así como Salomón pidió sabiduría y se le concedió eso y también todo aquello a lo que renunció (cfr. 1R 3,1- 15), los que siguen a Jesús reciben todo a lo que aspiran y mucho más que eso. «Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande.

¡No! Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. (...) Abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida».