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UN VIAJE A LA VOLUNTAD DEL PADRE (4 de 4)
¿Por qué?
Eduardo Baura
Al tercer día de búsqueda, «lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles» (Lc 2,46).
Se sorprendieron al verle ahí como uno más, causando la admiración de todos. Pero por encima del asombro estaba la inmensa alegría del reencuentro. También Jesús sentiría esa misma sensación de alivio, al mismo tiempo que daría gracias internamente a su Padre, pues de algún modo cesaba el sufrimiento de la prueba para José y María.
Es fácil imaginar la emoción de ese instante, como quizá hemos vivido nosotros escenas de reencuentro familiar. La Sagrada Familia se uniría en un fuerte abrazo, y probablemente habría más de alguna lágrima. Sin embargo, el evangelista pasa rápidamente a recoger el diálogo entre María y el niño:
«Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos».
La respuesta de Jesús –las primeras palabras suyas que la Escritura recogen de él– resulta desconcertante:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,48-49).
Entendemos bien que Jesús se dedicara a los asuntos de su Padre. María y José estaban en condiciones de comprender eso y, por supuesto, de secundarlo. Lo que puede que no se entienda igual de bien es por qué lo hizo de este modo. ¿Por qué quedarse sin decir nada? ¿No se podría haber obtenido el mismo resultado sin causar la pena de la pérdida? ¿No podía haberles advertido de algún modo? La falta de respuesta a estos interrogantes nos muestra que los planes divinos responden a una lógica más amplia que la de los hombres. Acoger con fe este modo de obrar del Señor significa adentrarnos en la experiencia que han recorrido los santos, que son aquellos que han permanecido más cerca de Dios, quienes se han asociado más íntimamente a su voluntad. «Fijaos: si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. (…) Entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario».
San Lucas aclara que «ellos no comprendieron lo que les dijo» (Lc 2,50). A la vez, también dice que María ponderaba esas cosas en su corazón (cfr. Lc 2,51), y es fácil imaginar que las seguiría meditando durante su vida. Con Jesús a su lado, María y José irían comprendiendo progresivamente tantos aspectos del alcance de la misión y de los movimientos de su hijo. En cualquier caso, la escena que hemos contemplado nos da cierto consuelo para cuando, en momentos determinados, nosotros no alcanzamos a vislumbrar del todo el sentido de un suceso o de una circunstancia. El modo habitual de reaccionar de la Virgen nos da la clave para poder afrontar estas situaciones cuando lleguen: «Guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51). Y más adelante esta actitud se llevaría el elogio de su Hijo: «Estos son mi madre y mis hermanos: quien hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 8,34-35).