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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (10 de 12)
Un mundo dentro de ti
Julio Diéguez
A medida que la virtud se va formando, no solo se realiza el acto bueno con más naturalidad y gozo, sino que también se posee mayor facilidad para identificar cuál es ese acto. «Para poder “distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12,2), sí es necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero esta no es suficiente: es indispensable una especie de “connaturalidad” entre el hombre y el verdadero bien. Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo».
Este dinamismo se debe en buena parte a que la afectividad es la primera voz que oímos a la hora de valorar la oportunidad de un comportamiento: antes de que la razón examine si es o no conveniente realizar algo placentero, ya hemos experimentado su atracción. La virtud, en cuanto hace afectivamente atractivo el bien, consigue que la voz de la afectividad incluya ya una cierta valoración moral —esto es, en referencia al bien global de la persona— del acto en cuestión. Hace que, por volver al ejemplo que hemos visto antes, aunque nos atraiga la posibilidad de quedar bien, la mentira se nos presente como una acción desagradable.
De modo implícito, pero claro, encontramos expresado esto en un brevísimo punto de Camino: «¿Para qué has de mirar, si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?». San Josemaría está poniendo una mirada exterior en relación con el mundo interior. Y es esa relación la que le permitirá valorar la mirada, que aparecerá como conveniente o inconveniente según esté constituido el mundo interior. Cuando la virtud está formada, no es preciso reprimir una mirada inadecuada, porque aparece ya desde el principio como innecesaria: el mundo interior —mi mundo— la rechaza. Si se tiene una interioridad rica, lo que hace daño no solo se evita de hecho, sino que no presenta mayor peligro, porque repugna: no se percibe solo como malo, sino también —y antes— como feo, desagradable, desentonado, descolocado… Por supuesto que puede atraer de algún modo, pero es fácil rechazar esa atracción, porque rompe la armonía y la belleza del clima interior. En cambio, si no llevas un mundo dentro de ti, evitar esa mirada te supondrá un esfuerzo notable.