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20 abril 2027

ENTRAR EN LA VIDA, El vértigo de volar

ENTRAR EN LA VIDA (3 de 4)
El vértigo de volar
Luis Miguel Bravo Álvarez

Las palabras de Jesús resonaron como un trueno en el centro del corazón del joven. Parecía como si en su interior se estuviera asomando el sol y, de repente, se hiciera la más oscura de las noches. Su voluntad y su inteligencia, anhelantes de encontrar el sentido de la existencia, se habían quedado aturdidas. Su espíritu, noqueado.

Hasta ese momento todo iba bien. Pero en cuanto Dios le pidió el corazón y, con él, todo lo que llevaba dentro, no supo qué decir. Se hizo el silencio. Jesús lo seguiría mirando con cariño, esperando una respuesta. El joven miró dentro de esos ojos y vio allí todo lo que anhelaba: un futuro lleno de paz, de felicidad, de eternidad. Dentro de esa mirada se dio cuenta de lo lejos que podía volar, pero también sintió con toda la fuerza el vértigo de quien se eleva: adiós al suelo firme, a las seguridades. En definitiva, todo aquello que le daba cierto bienestar, pero que al mismo tiempo le encadenaba. Al fin y al cabo, todo eso no podía satisfacer sus deseos de plenitud. Por eso Jesús lo invitó a soltar esas cadenas, pero él prefirió la seguridad de la celda.

Los ojos empezaron a llenarse de lágrimas. El Maestro no añadió nada más: simplemente le tendió la mano para que se levantara y se fuera con él. No le explicó a dónde, ni por cuánto tiempo. Solo le dijo «sígueme». Le pidió que confiara en él, que entendiera que es eso lo único que cuenta.

Al joven no le había importado que los demás lo vieran de rodillas, porque antes solo tenía ojos para Jesús. Pero ahora se estaba comenzando a llenar de vergüenza. Bajó la cabeza, porque no quería asumir lo que aquella mirada amorosa le proponía, y se levantó del suelo con pesadumbre. No quiso tomar la mano de Jesús, pues temía que eso lo instara a soltar otras cosas. Miró de reojo por última vez al maestro y, en ese último cruce de miradas, notó, por parte de Jesús, una confianza en él todavía incondicional; él, por su parte, había tomado ya una decisión. Se dio la vuelta y «se marchó triste, porque tenía muchas posesiones» (Mc 10,22).

No quiso girar la cabeza. Si lo hubiera hecho, se habría dado cuenta de que Jesús lo miraba hasta el último instante, hasta el momento en que el camino viraba y se perdía de su vista. Como pasa en muchas películas, el espectador conserva la esperanza de que volverá corriendo, de que abrazará a Jesús, de que se dará cuenta de que «lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado». Pero no, no vuelve.