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LA ORACIÓN QUE HACE MEMORIA (4 de 4)
Dios es todo y eso basta
Rubén Herce
Tantas veces, Isabel volvería sobre lo que el Señor había hecho con ella. ¡Cómo se había transformado su vida! ¡Y qué audaz debió de volverse! Desde entonces, todos sus comportamientos adquieren una riqueza singular. Se esconde durante meses por pudor, como hicieron los profetas, para significar con gestos la acción divina (cfr. Lc 1,24); recibe una mayor claridad para seguir sus designios:
«¡No!, se va a llamar Juan» (Lc 1,60). También es capaz de vislumbrar la obra de Dios en su prima: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45). Isabel se comporta como quien trata a Dios con todo su corazón.
De igual modo, en nuestra oración debe haber amor y lucha, alabanza y reparación, adoración y petición, afectos e intelecto. Es necesario atreverse con todas las letras del abecedario, con todas las notas de la escala musical, con toda la paleta de colores, porque ya se ha entendido que no se trata de cumplir, sino de amar con todo el corazón. Los ejercicios de piedad, las personas, los quehaceres de cada día..., son lo mismo que antes, pero no se viven ya de la misma forma. Aumenta así la libertad de espíritu, la «capacidad y actitud habitual de obrar por amor, especialmente en el empeño de seguir lo que, en cada circunstancia, Dios le pide a cada uno». Lo que antes se presentaba como una pesada obligación, se convierte en una ocasión de encuentro con el amor. Los vencimientos siguen costando, pero ahora esos esfuerzos se llevan a cabo con alegría.
Ante la infinitud del amor descubierto y de la pobre correspondencia humana, el corazón se deshace en una honda oración de desagravio y de reparación; surge un dolor que arranca de los propios pecados y que mueve a una contrición personal. Crece el convencimiento de que «Dios es todo, yo no soy nada. Y por hoy basta». Así podemos desprendernos de tantos escudos que nos dificultan el contacto con él. Surge también el agradecimiento sincero, profundo y explícito al Señor, que se torna en adoración, al «reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso». Por eso conviene emplear todas las teclas del corazón. Para que la oración sea variada, enriquecedora, para que no discurra por cauces gastados; tanto si el sentimiento acompaña como si no, porque lo que gustamos de Dios no es todavía Dios: él es infinitamente más grande.