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ENTRAR EN LA VIDA (2 de 4)
El joven rico
Luis Miguel Bravo Álvarez
Pero el joven no se sintió satisfecho. Jesús le había dicho algo que ya sabía, pero él necesitaba más: «Todo esto lo he guardado desde mi adolescencia» (Lc 18,21). Tenía una fuerte familiaridad con las cosas de Dios, pero seguía inquieto. Quizá fue esa cercanía lo que le hacía buscar la respuesta definitiva, pues quien bebe de la verdadera fuente siempre querrá más. «Eres como un mar profundo en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco».
Y entonces «Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él» (Mc 10,21). Su corazón ardía por hacer suya esa alma. Reconoció su deseo de plenitud y la inquietud que le había llevado a postrarse delante de él. No era una mirada cualquiera: era la del enamorado dispuesto a dar la propia vida por la otra persona. Por eso los ojos de Jesús cambiarían la existencia de ese joven para siempre, pues se supo amado infinitamente.
Por fin el Señor se decide a ofrecer al muchacho la respuesta que podría satisfacer sus deseos de eternidad. «Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme» (Mc 10,21). Se trata de un cambio radical de perspectiva. No es cuestión de pensar en cómo merecer la eternidad, sino de imitar al Señor viviendo sin ataduras en la tierra.
«Es la llamada a una mayor madurez, a pasar de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total. Jesús le pide que deje todo lo que lastra el corazón y obstaculiza el amor. Lo que Jesús propone no es tanto un hombre despojado de todo sino un hombre libre y rico en relaciones. Si el corazón está abarrotado de posesiones, el Señor y el prójimo se convierten solo en una cosa entre otras. Nuestro tener demasiado y querer demasiado sofocan nuestro corazón y nos hacen infelices e incapaces de amar».