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30 marzo 2027

MÁS ALLÁ DE LA TRAMA

MÁS ALLÁ DE LA TRAMA (3 de 3)
Carlos Jódar

El interrogante que suscita el rechazo de la oración del fariseo lo producen también otras palabras de Jesús: «No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores» (Mt 9,13). Pero uno podría preguntarse: «¿Y los justos? ¿Tiene uno que buscar positivamente el pecado para que Jesús lo llame?». De alguna manera, san Pablo sale al paso de esta cuestión: «¿Tendremos que permanecer en el pecado para que la gracia se multiplique? ¡De ninguna manera! Los que hemos muerto al pecado ¿cómo vamos a vivir todavía en él?» (Rm 6,1-2). Se trataría, por tanto, de un planteamiento que pervierte la lógica de lo que el Señor pretende. El pecado nunca es deseable, pero «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1Jn 1,8). Y lo crucial no es el pecado en abstracto, sino el mío en concreto. Es decir, o descubro mi indigencia, o no me abriré a la misericordia de Dios, que es la única que me puede salvar.

Desde este punto de vista, la ventaja que tiene el publicano no es el pecado, sino el clamor general de su entorno que le recuerda que es un pecador. Su indigencia es palmaria, pública, proclamada. Su único recurso es: «Oh, Dios, ten compasión de mí». El publicano nos presenta así cuál es el camino a seguir: «Actúa como un humilde, seguro solo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque tenía ya todo, el publicano puede solo mendigar la misericordia de Dios. Y esto es bello. Mendigar la misericordia de Dios. Presentándose con las manos vacías, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final justamente él, despreciado así, se convierte en icono del verdadero creyente».

El inesperado desenlace

Y finalmente, cuando uno quiere sacar consecuencias de todo esto, llega el giro de guion, la sorpresa final. El fariseo mira al publicano, lo desprecia... ¡y yo me doy cuenta de que estoy despreciando al fariseo por despreciar al publicano! Descubro con sorpresa que la referencia a esos «que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás» no tiene como destinatarios solo a unos personajes de otra época, sino que su función es poner en guardia ante una amenaza concreta y continua para aquel que quiere ponerse de parte de Dios.

Uno que lee habitualmente el Evangelio en principio está vitalmente más cerca del fariseo que del publicano. Lo más probable es que no sea un delincuente, que no cometa tropelías clamorosas, que no lleve un estilo de vida deshonesto o contrapuesto al ideal cristiano. Por eso interesa mucho recordar que Jesús no se enfrenta a los fariseos porque los odia, sino porque los ama. El amor infinito y concreto de Dios manifestado en Jesucristo no ha venido a la tierra para denunciar por despecho a los malhechores. Ha venido a revelarnos la altura y la profundidad de un Amor del que tenemos necesidad imperiosa. Y a veces una reprensión puede ser un buen instrumento para que se abran nuestros ojos, para que reconozcamos que somos menesterosos ante Dios.

No hay por qué pensar que el fariseo sea malo, perverso y negador de sus miserias. Es que ¡simplemente no las ve! Y al contemplar esta historia que Jesús nos cuenta, surge urgente la necesidad de pedir al Señor que nos haga ver nuestras fragilidades. «Si Dios prefiere la humildad no es para degradarnos: la humildad es más bien la condición necesaria para ser levantados de nuevo por él, y experimentar así la misericordia que viene a colmar nuestros vacíos. Si la oración del soberbio no llega al corazón de Dios, la humildad del mísero lo abre de par en par. Dios tiene una debilidad: la debilidad por los humildes. Ante un corazón humilde, Dios abre totalmente su corazón».