Página inicio

-

Agenda

29 marzo 2027

EL CARPINTERO DE NAZARET. ¿Por qué trabajó Jesús?

EL CARPINTERO DE NAZARET (3 de 3)
¿Por qué trabajó Jesús?
Luis Cano

Jesús quiso prepararse para cumplir su misión, que culminaría en el ofrecimiento de su vida por nosotros, empleándose, año tras año, en un trabajo fatigoso y muy normal. ¿Por qué? Como sucede con tantos otros interrogantes de la vida de Jesús, la respuesta última es esta: porque nos ama. Cada instante en ese trabajo tenía que ver con nuestra redención. Todos los actos de su vida fueron redentores.

¿Qué pensaría Cristo mientras llevaba a cabo su labor? Todo esto tenía un motivo, una razón que se esconde en lo profundo de su corazón: trabajaba por amor al Padre y por amor a nosotros. Por eso cada jornada estaba iluminada por la alegría de saber que aquello tendría repercusiones en toda la humanidad, para siempre. Ciertamente el amor de Jesús llegaría al extremo en la cruz, pero su tarea cotidiana formaba parte del plan salvador.

También nosotros podemos «vivir cada instante con vibración de eternidad». Incluso las tareas más pequeñas pueden realizarse con sentido sobrenatural y convertirse en ocasión de dar gloria a Dios. San Josemaría comentaba que santificar el trabajo es «trabajar día a día, sin recibir aplausos y sin buscarlos, pero con el convencimiento de que Dios Nuestro Señor nos mira, nos espera, y quiere de nosotros un trabajo hecho por amor». Quizá nos habremos preguntado alguna vez: ¿qué significa exactamente, en la práctica, trabajar por amor? Trabajar por amor significa «hacerlo por Dios y por los demás, lo que exige hacerlo bien». Significa trabajar como lo hizo Jesús: desempeñar nuestra labor cotidiana compartiendo ese mismo afán redentor, ilusionándonos con aportar nuestro granito de arena a la salvación del género humano. Los años de Cristo en Nazaret nos muestran que «el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación».

En Jesús no encontramos un hombre que simplemente trabajaba por amor: nos hallamos ante el Amor mismo que trabajaba. Ese Amor divino que impulsó y modeló la creación del mundo y que, como escribe Dante, «mueve el sol y las demás estrellas».