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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (6 de 12)
Los sentimientos y la voluntad
Julio Diéguez
Acabamos de afirmar que una afectividad ordenada ayuda a actuar bien. Lo mismo se puede decir en el sentido contrario: actuar bien nos ayuda a ordenar la afectividad. Sabemos por experiencia —y conviene no olvidarlo, si no queremos caer fácilmente en frustraciones y desánimos— que no podemos controlar directamente nuestros sentimientos: si nos envuelve el desánimo, no podemos resolver el problema decidiendo sin más sentirnos alegres. Lo mismo sucede si queremos en un cierto momento sentirnos más audaces, o menos tímidos, o si deseamos no tener miedo o vergüenza, o no sentir la atracción sensible hacia algo que juzgamos desordenado. Otras veces, quizá desearíamos tratar con soltura a una persona ante la que sentimos un cierto rechazo involuntario por razones que reconocemos nimias, pero no conseguimos superarlo, y nos damos cuenta de que proponerse sin más tratarla con sencillez no resuelve la dificultad. En definitiva, no basta una decisión voluntaria para que los sentimientos se ajusten a nuestros deseos. Sin embargo, que la voluntad no controle directamente los sentimientos no significa que no tenga ningún influjo sobre ellos.
En ética, denominamos político al control que la voluntad puede ejercer sobre los sentimientos, porque es semejante al que un gobernante tiene sobre las decisiones de sus súbditos. No puede controlarlas directamente, ya que ellos son libres; pero puede tomar ciertas medidas —por ejemplo, disminuir los impuestos— esperando que produzcan ciertos resultados —por ejemplo, un aumento del consumo o de la inversión— a través de la voluntad libre de los ciudadanos. También nosotros podemos realizar ciertos actos que esperamos que susciten unos sentimientos concretos. Por ejemplo, podemos detenernos a considerar el bien que hará una labor apostólica para la que buscamos ayuda, como medio para sentirnos más audaces al solicitar un donativo para su puesta en marcha. O podemos considerar nuestra filiación divina esperando que nos afecte menos, a nivel sensible, un revés profesional. También sabemos que ingerir una cierta dosis de alcohol puede provocar un estado transitorio de euforia; y que si voluntariamente damos vueltas en nuestra cabeza a un mal trato recibido, provocaremos reacciones de ira. Estos serían algunos ejemplos del influjo, siempre indirecto, que la voluntad puede ejercer a corto plazo sobre los sentimientos.
Mucho más importante, sin embargo, es el influjo que la voluntad ejerce a largo plazo sobre la afectividad, porque es precisamente lo que le permite darle forma, formarla. Se trata de un influjo que se produce incluso sin que el sujeto se lo proponga. Esto sucede porque los actos voluntarios no solo pueden causar algo en el mundo externo a nosotros, sino que sobre todo producen un efecto interior: contribuyen a crear una connaturalidad afectiva con el bien hacia el que se mueve la voluntad. Explicar cómo esto se produce excede el planteamiento de estas páginas, pero en todo caso, nos interesa resaltar dos puntos.