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LA ORACIÓN QUE HACE MEMORIA (1 de 4)
Rubén Herce
Cuando la vio entrar en su casa, Isabel se dio cuenta de que María había dejado ya hacía tiempo de ser una niña. Probablemente la había visto nacer y crecer, tan especial como era ella, ya desde muy pequeña. Después habían vivido lejos una de la otra. Al reconocerla ahora en el dintel de su casa, se llenó de alegría. El evangelista nos dice que la recibió con júbilo: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1,43). Se trataba de un gozo profundo, que surgía de una vida cuajada de oración. Tanto ella como Zacarías eran considerados santos —justos— según la Escritura y la gente los observaba con cierta admiración (cfr. Lc 1,6). Sin embargo, solo ellos dos sabían todo lo que había detrás de tantos años vividos junto a Dios: se trataba de experiencias que tenían bastante de incomunicable, como nos sucede a todos. El gozo de Isabel surgía a partir de un pasado lleno de dolor y esperanza, de sinsabores y reencuentros, en el que todo había ido haciendo cada vez más profunda su relación con Dios. Solo ella sabía del desconcierto que había creado en su corazón el hecho de no poder ser madre, cuando esa bendición era lo más esperado por una mujer en Israel. Pero el Señor había querido hacerla pasar por aquello para elevarla a una intimidad mayor con él.
Un ruego que es escuchado
Nuestra relación con Dios, nuestra oración, tiene también siempre algo único, incomunicable, como la de Isabel; tiene algo del ave solitaria (Cfr. Sal 102,8) a la que, como decía san Josemaría, Dios puede elevar como las águilas, hasta ver de hito en hito el sol. Solo él conoce cuáles son los tiempos y momentos adecuados para cada uno. Dios desea esa intimidad divinizadora con nosotros mucho más de lo que podemos imaginar. Pero el hecho de que solo él conozca los tiempos —como conocía el momento oportuno para que naciese Juan el Bautista— no impide que cada uno de nosotros pueda anhelar, en cada instante, una intimidad mayor con el Señor. Tampoco impide que la pidamos constantemente, buscando lo más alto, estirando el cuello entre la gente para ver a Jesús que pasa, o subiéndonos a un árbol si hace falta, como Zaqueo. Podemos imaginar que Isabel movió su corazón muchas veces hacia Dios, y que empujaba a su marido a hacer lo mismo, hasta que este finalmente oyó: «Tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan» (Lc 1,14).
Para Isabel, lo que terminaría siendo una oración confiada en el Señor tuvo que pasar por el horno purificador del tiempo y de las adversidades. Atardecía en su vida, y Dios seguía oculto en un aspecto crucial: ¿Por qué parecía que él no había escuchado sus plegarias de tantos años? ¿Por qué no le había dado un hijo? ¿Es que ni siquiera el sacerdocio de su marido era suficiente? En aquella necesidad expuesta, en la debilidad orante o en el aparente silencio de Dios, su fe, su esperanza y su caridad se purificaron; porque no solo perseveró, sino que se dejó transformar cada día, aceptando, siempre y en todo, la voluntad del Señor. Quizá precisamente la identificación con la cruz —que Isabel, de algún modo, pregustó— sea el mejor modo de comprobar la autenticidad de nuestra oración:
«No se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 24,42). Si los justos de la antigua alianza vivieron en esa aceptación, y después Jesús hizo de esa actitud hacia el Padre el motivo de su vida entera, también los cristianos estamos llamados a unirnos a Dios de este modo; siempre es tiempo oportuno para rezar así: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra» (Jn 4,34).