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MÁS ALLÁ DE LA TRAMA (2 de 3)
Una no justificación insólita
Carlos Jódar
Ahora que hemos sido testigos de una y otra oración, estamos en condiciones de emitir nuestro juicio. Pero, antes de poder hacerlo, Jesús se adelanta y nos muestra la segunda sorpresa.
Primero, afirma que el publicano «bajó justificado a su casa» (Lc 18,14). Nos parece bien y lógico. Bien, porque queremos apoyar el deseo divino: «¿Acaso me agrada la muerte del impío, oráculo del Señor Dios, y no que se convierta de sus caminos y viva?» (Ez 18,23). Lógico, porque la infinita misericordia de Dios no espera más que el arrepentimiento sincero para obrar esa maravilla de la justificación.
Ahora bien, lo que rompería los moldes de los oyentes de la época sería el «aquel no» (Lc 18,14), es decir, la afirmación contundente de que el fariseo no bajó justificado a su casa. La muchedumbre, desconcertada, se comenzaría a preguntar: «¿Nada cuenta el empeño del fariseo por cumplir con exceso sus deberes hacia Dios? ¿Vamos a entender que lo que une a Dios es el pecado? El fariseo no puede ser perdonado de robos que no cometió. ¿Qué debería haber dicho?
¿Cuál es el problema?».
Una posible respuesta a esta pregunta nos la puede dar la introducción de san Lucas a esta parábola: es una historia sobre personas que desprecian a otros teniéndose por justos. Despreciar a los otros está evidentemente mal. Y fácilmente se llega a esa situación por comparación. Podría parecer lógico que el fariseo se sintiera aventajado al compararse con un pecador público. El problema no está en ese sentimiento, sino en la comparación misma. El fariseo define su vida por comparación con los «demás hombres» y, aprovechando las circunstancias, con el publicano que tiene al lado. En ese proceso hay un error de fundamento. El valor de una vida es el que tiene a los ojos de Dios y todas las comparaciones del mundo no son capaces de emular ni de lejos el alcance de la mirada divina. En el fondo, quien se compara, no es del todo feliz, porque valora constantemente las acciones de los demás y necesita que la gente admire las propias obras.
Al despreciar al publicano que tiene delante, el fariseo está descuidando el mandamiento más importante: amar a Dios y al prójimo. En el primer caso, porque se pone en su lugar y cree que puede juzgar a los hombres; en el segundo, porque en lugar de dirigir al publicano una mirada de misericordia se fija solamente en su pecado. «Podemos mirarnos dentro y ver si también nosotros consideramos a alguien inferior, descartable, aunque solo sea con palabras. Recemos para pedir la gracia de no considerarnos superiores, de creer que tenemos todo en orden, de no convertirnos en cínicos y burlones».
La comparación sirve como recurso para aquietar la conciencia. No porque revele motivos para estar serenos, sino porque esconde la luz que revelaría lo que necesita ser redimido. «El pecado de los fariseos no consistía en no ver en Cristo a Dios, sino en encerrarse voluntariamente en sí mismos; en no tolerar que Jesús, que es la luz, les abriera los ojos. Esta cerrazón tiene resultados inmediatos en la vida de relación con nuestros semejantes. El fariseo que, creyéndose luz, no deja que Dios le abra los ojos, es el mismo que tratará soberbia e injustamente al prójimo».
De este modo, el fariseo es incapaz de definir por qué va a tener necesidad de la misericordia de Dios. Y no es pequeño el problema, porque solo la misericordia divina nos puede llevar a la meta –nos puede salvar– y no nuestras solas fuerzas.