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EL CARPINTERO DE NAZARET (2 de 3)
Entre la madera, la vid y el campo
Luis Cano
Al escuchar en la sinagoga el oficio de Jesús, nos preguntamos si todavía podríamos encontrar su taller entre las casas de Nazaret. El Evangelio nos dice que Jesús era un tektón (cfr. Mt 13,55; Mc 6,3), es decir, un carpintero. Según los expertos, este término designa más el carpintero de obra que el artesano de la madera, aunque quizá hacía ambas tareas. Dado el tamaño de la aldea, no debe de haber sido poco frecuente visitar una casa en la cual había una mesa realizada con sus manos.
En un pueblo tan pequeño, no había muchos encargos para un tektón. A unos veinte kilómetros se encuentra la ciudad de Séforis, que fue escenario de una rebelión tras la muerte de Herodes el Grande, duramente sofocada por los romanos. La ciudad fue incendiada y sus habitantes vendidos como esclavos. Más tarde, Herodes Antipas la reconstruyó y le dio el nombre de Autocratoris. Estaba cerca de Nazaret y había mucho trabajo para quien manejaba la madera, por lo que es posible que algunos artesanos y obreros nazarenos tomaran parte en la reconstrucción de esa ciudad.
Probablemente los trabajadores se emplearían en todo lo que les permitiera aumentar sus ingresos, desde construir una casa –bien cimentada sobre roca y calculada en todos sus detalles–, hasta realizar cualquier tarea propia de una sociedad agrícola. En las casas de Nazaret había graneros y bodegas, lugares para el vino y para el aceite, prueba de que la comunidad allí asentada estaba formada por pequeños propietarios.
En ese sentido, son varios los ejemplos y las parábolas de Jesús que denotan su conocimiento de las faenas agrícolas. En unas ocasiones se refiere al cultivo de la vid y a la producción del vino, comparándose a sí mismo con la cepa y a sus discípulos con los sarmientos (cfr. Jn 15,1-8). Sabe bien que hay que emplear distinto tipo de odres, adecuados para cada tipo de vino (cfr. Lc 5,37-39), y conoce la situación de los jornaleros de temporada durante la vendimia, que no siempre encuentran quien les emplee (cfr. Mt 20,1- 16). Otras parábolas están ambientadas entre viñas, como la de los dos hijos (cfr. Mt 21,28-32), la de la higuera estéril (cfr. Lc 13,6-9) o la de los arrendatarios homicidas (cfr. Mc 12,1-12).
En esta última se nos dice, entre otros detalles, que el dueño de la viña excavó un lagar, una cavidad donde se prensa la uva para extraer el mosto. A poca distancia de Nazaret se ha encontrado uno excavado en la roca. Es posible que sea uno de los pocos lagares –si no el único– que existen en Nazaret. Tal vez, en este mismo lugar, Jesús festejó en alguna ocasión la vendimia con sus amigos y familiares, pisando la uva, entre la música y la alegría de todos. No podemos olvidar que su primer milagro fue transformar el agua en un vino de gran calidad, hasta el punto de suscitar el asombro del maestresala de Caná (cfr. Jn 2,1-12). Jesús entendía del trabajo vinícola y no se contentó con saciar la sed de los invitados a las bodas, sino que quiso darles algo verdaderamente bueno.
Volviendo a las parábolas que podrían darnos indicios sobre los trabajos que Jesús conocía, encontramos diversas referencias a las tareas de labranza. La semilla de trigo que germina sola, y la de aquella que tiene que morir y ser sepultada si quiere dar fruto, denotan un agudo espíritu de observación (cfr. Jn 12,24). Es esa misma mirada la que le llevaba a notar la desproporción entre la pequeñez de una semilla de mostaza y el árbol que se desarrollará a partir de ella (cfr. Mt 13,31-32). El ejemplo de la cizaña quizá se refiere a alguna venganza entre campesinos de la que Jesús podría haber tenido noticia, y podría haber visto también en su comarca cómo algunos ricos llenaban hasta el borde sus graneros en años de buenas cosechas (cfr. Mt 13,24-48).
Pero la parábola más conocida es la del sembrador (cfr. Mt 13,1-23). Levantando los ojos por encima de los tejados podemos ver los campos de cultivo, organizados en terrazas debido a lo inclinado del terreno. En aquellas pequeñas parcelas, delimitadas por muros de mampostería en seco, el subsuelo es pedregoso y las propiedades están atravesadas por senderos que comunican los terrenos entre sí. Cuando llega el verano, en los bordes crecen cardos en abundancia. No es remota la posibilidad de que una parte de la semilla caiga en terreno pedregoso, en un camino o entre espinos que la sofocarán. Y eso podría tener consecuencias significativas para la cosecha de una familia humilde.