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21 marzo 2027

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO. Hábitos operativos

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (5 de 12)
Hábitos operativos
Julio Diéguez

Si formarse es crecer en virtudes y las virtudes consisten en un cierto orden en los afectos, se puede concluir que toda formación es formación de la afectividad. Quizá, al leer esto, alguien podría objetar que, en el esfuerzo por adquirir virtudes, su intento era más operativo que afectivo, e incluso añadir que llamamos virtudes a unos hábitos operativos. Es verdad. Pero si las virtudes nos ayudan a hacer el bien es porque nos ayudan a sentir correctamente. El ser humano siempre se mueve hacia el bien. El problema moral es, en última instancia, por qué lo que no es bueno se nos aparece —se presenta a nuestros ojos— como bueno en una situación concreta. Que esto suceda se debe a que el desorden de las tendencias lleva a exagerar el valor del bien al que se dirige alguna de ellas. Así, en cierta situación, este bien se considera más deseable que otro con el que ha entrado en conflicto y que, sin embargo, posee mayor valor objetivo, porque responde al bien global de la persona.

Tal vez esto se comprenda mejor con un ejemplo. En una situación determinada, podemos encontrarnos ante la tesitura de decir o no la verdad. La tendencia natural que tenemos a la verdad nos la presentará como un bien. Sin embargo, tenemos también una tendencia natural al aprecio de los demás que, en este caso concreto, si nos parece que la verdad nos haría quedar mal, nos presentará la mentira como conveniente. Esas dos tendencias entran en conflicto. ¿Cuál de ellas prevalecerá? Depende de cuál de los dos bienes sea más importante para nosotros, y, en esta valoración, la afectividad juega un papel decisivo. Si está bien ordenada, ayudará a la razón a percibir que la verdad es muy valiosa y que el aprecio de los demás no es deseable si exige renunciar a ella. Este amor a la verdad, por encima de otros bienes que también nos atraen, es precisamente lo que denominamos sinceridad. En cambio, si el afán por quedar bien es más fuerte que la atracción de la verdad, es fácil que la razón se engañe, y, aun sabiendo que eso no es bueno, juzgue conveniente mentir. Así, aunque sepamos perfectamente que no se debe mentir, consideramos que en este caso nos conviene hacerlo.

La afectividad ordenada ayuda a hacer el bien porque ayuda antes a percibirlo. Por eso interesa mucho formarla. Ahora bien, ¿cómo es posible conseguirlo? Antes de intentar dar respuesta a esta pregunta, nos interesa señalar algo que conviene saber para afrontar adecuadamente este tema.