Página inicio

-

Agenda

2 marzo 2027

ABRAZAR LA CONDICIÓN DE HIJOS (3 de 4) Con el corazón en el premio

ABRAZAR LA CONDICIÓN DE HIJOS (3 de 4)
Con el corazón en el premio
Jaime Moya

Ajeno a este encuentro, el hijo mayor ha pasado, como siempre, el día en el campo. Desde que se fue su hermano menor, él ha tenido que arrimar más el hombro, y ha cargado sobre sí más responsabilidades de las que solía llevar. Sus días se pasan entre los trabajos en la finca y las responsabilidades de la casa. Con frecuencia, especialmente cuando las jornadas son más intensas y absorbentes, no puede evitar que su imaginación vuele a donde quiera que esté su hermano menor.

Quizá hace ya tiempo que decidió olvidarlo y es posible que incluso se enfade cuando su padre hace la más mínima alusión a ese hijo suyo, reprochándole que se atreva a seguir recordando a semejante desagradecido. Ve la tristeza en los ojos de su padre, pero no está dispuesto a dedicarle ni un segundo al que, según él, es la fuente de los disgustos en el hogar. Quién sabe si, a pesar de sus esfuerzos por no pensar en él, se encuentra frecuentemente fantaseando con cómo sería su vida si él hubiera tomado la decisión de marcharse. A veces, se siente culpable por desear abandonar la casa paterna porque no debería hacerlo: tiene que cumplir las expectativas que ahora recaen solo sobre él, el único hijo. Podemos imaginar que andaba inmerso en esos pensamientos en su regreso a casa cuando, al acercarse, oyó la música y los cantos. Se sorprendió y llamó a uno de los siervos para averiguar qué pasaba. «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano» (Lc 15,27).

No daba crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Cómo podía volver aquel que había causado tanto dolor a su familia? ¡Y encima le organizan una fiesta! Se negaba a participar en semejante locura. Y cuando su padre intentó convencerle para que entrara, el hijo estalló:

«Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya» (Lc 15,29). Todo lo que durante largo tiempo había callado salió a borbotones de su alma. No puede llamar a aquel hombre padre porque no lo reconoce como tal. Él, que ha obedecido siempre para poder ser digno de ser llamado hijo de su padre, para poder vivir en la hacienda familiar como hijo del dueño, no ha recibido nada a cambio de su obediencia: «Nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos» (Lc 15,29).

El hijo mayor vivía en una lógica distinta a la de su padre. Se había comportado bien y, por tanto, merecía un premio; en cambio, su hermano, que había actuado mal –«devoró tu fortuna con meretrices» (Lc 15,30)–, merecía un castigo, y no una fiesta. En el fondo su corazón no disfrutaba del hogar paterno: su única esperanza estaba puesta en la recompensa que obtendría. Por pensar en sí mismo, tampoco fue capaz de valorar el arrepentimiento profundo que subyacía en la actitud de su hermano.