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MEDITACIÓN DE SAN JOSÉ
La oración de José anima sus acciones
LAS BIOGRAFÍAS de los grandes personajes suelen estar forjadas por hechos extraordinarios y discursos importantes. Además, muchas veces se insertan en un contexto de crisis existencial o social, en donde su aporte resulta visiblemente importante. De ahí que la figura serena y fuerte de san José, habiendo suscitado tanta devoción a lo largo de los siglos, nos resulte sorprendente: los evangelios no nos transmiten ninguna de sus palabras y su actuación en general fue sencilla, sin muchos dramatismos. A nuestros ojos se nos muestra incluso como un personaje discreto. Sin embargo, «san José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación». Aunque en su vida no se observan acciones exteriores portentosas, hay una vida interior llena de actividad. En él vemos a un hombre que supo responder a los desafíos desde el silencio de la oración y que, por eso, pudo realizar sus obras con la libertad que emana del verdadero amor.
«Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que José “hizo”; sin embargo permiten descubrir en sus “acciones” –ocultas por el silencio– un clima de profunda contemplación»[2]. San Juan Pablo II nos revela así el secreto que se esconde detrás de las obras del santo Patriarca: toda su vida era verdadera oración. San José estaba atento a la voz de Dios que se esconde detrás de todos los sucesos y de todas las personas; eso le permitió escucharle incluso en las tenues imágenes de los sueños. La Sagrada Escritura nos dice que, mientras dormía, descubrió aquella vocación que llenaría de contenido todos los días de su vida: cuidar a Jesús y a María. Un ángel lo visitó de noche para revelarle el plan de Dios y colmar así su deseo de ser feliz haciendo la voluntad de Yahvé (cfr. Mt 1,20). Ni siquiera en esos momentos podemos escuchar la respuesta de José al mensaje angélico; simplemente constatamos que, desde entonces, todas sus acciones son la mejor respuesta a los requerimientos divinos.
Entre la vida interior de san José y sus manifestaciones exteriores ya no vemos ninguna fisura porque transforma su propia vida en un camino de oración. Solo un alma profundamente contemplativa como la suya consigue convertir el sueño de Dios en el suyo propio. San Josemaría predicaba continuamente la hondura que supone unir, de esta manera, lo divino con lo humano: «Acostumbraos a buscar la intimidad de Cristo con su Madre y con su Padre, el Patriarca Santo, que entonces tendréis lo que Él quiere que tengamos: una vida contemplativa. Porque estaremos, simultáneamente, en la tierra y en el Cielo, tratando las cosas humanas de manera divina».