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16 marzo 2027

MÁS ALLÁ DE LA TRAMA. La parábola del fariseo y el publicano

MÁS ALLÁ DE LA TRAMA (1 de 3)
La parábola del fariseo y el publicano
Carlos Jódar

Como en el buen cine, la riqueza de los pasajes evangélicos va más allá de la trama principal. Existen otras subtramas, con significados profundos, que responden a una gran variedad de circunstancias y lectores. Y muchas veces el guion presentará un desenlace que dejará desconcertados a los espectadores.

La parábola del fariseo y el publicano (cfr. Lc 18,9-14) tiene una trama bien definida. San Lucas expone su interpretación por anticipado: se refiere «a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18,9). De primeras, uno quizá puede pensar: «Este episodio no va conmigo porque mis problemas son ahora otros». Pero ¿el texto no ofrece otros sentidos? ¿Qué sorpresas deparará el relato? Solo si buceamos en las palabras de Jesús descubriremos esas subtramas que ayudarán a orientar nuestra vida.

Las sorpresas del Evangelio

Las parábolas de Jesús son muy dadas a las sorpresas. En las historias que cuenta siempre hay algo de inusual. Muchas veces sus protagonistas y sus acciones nos desconciertan: un patrón que determina el salario sin proporción al trabajo realizado, un servidor que arrastra una deuda propia de una multinacional, un padre que organiza una fiesta para acoger a un hijo sin exigir la justa reparación, un juez y un administrador corruptos… Pero este no es el caso de la parábola del fariseo y el publicano. En ella sus protagonistas son más bien normalitos, conocidos por los oyentes de la época y por nosotros: uno vive dedicado a la causa de Dios y el otro es considerado un traidor por recaudar impuestos para el pueblo extranjero. La trama, por tanto, no presenta muchas sorpresas en un primer vistazo.

Pero donde sí encontramos un elemento que rompe los esquemas es en la perspectiva. Jesús nos da un enfoque insólito: nos hace testigos del diálogo de dos personas con Dios, nos permite entrar allí donde solo el Señor mismo y el interesado tienen acceso. En una situación normal podríamos juzgar las acciones visibles, pero no las intenciones, ya que no están a nuestro alcance. Por eso podemos siempre salvar la intención del que actúa, pues para nosotros normalmente permanecerá oculta: «Mientras interpretes con mala fe las intenciones ajenas, no tienes derecho a exigir comprensión para ti mismo».

En cambio, en esta parábola que Jesús construye se nos permite nada más y nada menos que contemplar la competencia divina para juzgar. Nuestra mirada no es solo externa, sino que escuchamos la oración de uno y de otro.

La oración del fariseo es de acción de gracias. De entrada, no presume ante Dios, sino que le agradece, dando por supuesto que es el apoyo divino el que le ha permitido comportarse como se ha comportado: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres» (Lc 18,11). Si atribuye al Señor el no haber cometido robos, injusticias o adulterios de los que sea consciente, está también dando a entender que sin el auxilio divino podría haber caído en todo eso. Y ciertamente no es como un publicano, ni en su trabajo, ni a la luz de sus conciudadanos, ni en su compromiso religioso. Respecto a esto último, incluso se excede, pues describe unas prácticas religiosas que van más allá de lo prescrito al piadoso israelita: ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de sus posesiones.

El publicano, por su parte, tiene poco por lo que dar gracias y se limita a refugiarse en la misericordia divina: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador» (Lc 18,13). Es como un resumen que representa un arrepentimiento real. La descripción de sus gestos corporales –«se golpeaba el pecho» (Lc 18,13)– expresa que está sinceramente dolido de lo que no ha hecho bien.